Proa, 29 de mayo de 2000

<<<

Ya sabe usted que
hace apenas unos siglos
había dragones por el mundo.

Eran bichos de bastante mala índole,
sobre todo cuando tenían hambre.

Si se instalaba alguno cerca del pueblo, era una verdadera molestia. Consumía cantidades enormes de recursos y ocupaba todo el territorio que podía. Así que lo mejor era matarlo. No siempre resultaba fácil, ni siquiera posible… Eran muy duros de pelar. De modo que era más práctico ir llevando a su guarida las cabezas de ganado menos rentables, y las doncellas más, ejem, difíciles de casar. Uno se pregunta cómo rayos podía saber el innoble bruto si una moza era efectivamente doncella… Bueno, la cosa era evitar que viniera al pueblo en plan de autoservicio, que iba a ser peor.

Si alimentaban al dragón y le cedían terreno, los lugareños iban tirando… Pero la bestia prosperaba, crecía y engordaba cada vez más. Iba ampliando su finca, porque su técnica de fortificación consistía en quemar mucha tierra alrededor de su cubil. Rudimentaria, pero eficaz. Y siempre exigía más comida, más ganado y más doncellas. Algo de veras insoportable.

Pues mire usted, esto de los automóviles funciona igual. Si alguien se mueve en coche, consume más recursos y ocupa más territorio que si utiliza cualquier otro medio de transporte, incluyendo por supuesto el taxi. Cuando son bastantes, la cosa empieza a resultar molesta, porque cada automóvil necesita un montón de metros cuadrados de «vía pública» mientras circula y no pocos cuando aparca. Si son muchos, el asunto ya se pasa de rosca. Existen todo el tiempo, y siempre incordian. La carretera y la calle se han vuelto malos vecinos. Y lo peor son los accidentes. Muchas veces mueren personas jóvenes, con toda la vida por delante. La fe en la gasolina exige sacrificios humanos…

Bien, son los resultados de alimentar al dragón. En el momento de teclear esto en mi ordenador Psion -buena parte de mis artículos los escribo andando por ahí- una moza que conducía un coche rojo se ha metido contra dirección cuando yo cruzaba una calle -por un paso cebra- y poco ha faltado para que me atropelle. La expresión de mis sentimientos es totalmente impublicable.

Tampoco voy a decir que tengamos que llamar a ningún caballero andante para que alancee automóviles, ni automovilistas. Pero no debemos seguir alimentando al monstruo, no podemos seguir cediéndole terreno. La solución del problema del tráfico no es hacer más aparcamientos, más vías rápidas, más rotondas y más de lo mismo. Porque con esas «mejoras» lo que pasa en muy poco tiempo es que hay más coches, más ruido, más accidentes y más de lo mismo.

Eso sí que es un cuento de hadas. En las ciudades en que se ha dado prioridad a los coches (es decir, a quienes los conducen) hay que dedicar a calles y aparcamientos el sesenta por ciento del suelo urbano, para tener una circulación que no llega a ser ni aceptable. Esto ocurre, cómo no, en Estados Unidos. Y es una consecuencia inexorable de eliminar el transporte público. Allí se hizo deliberadamente.

La solución para los problemas de tráfico es poner en marcha transportes públicos que sean una alternativa real al automóvil privado. Esto se puede hacer y se tiene que hacer. Nadie dice que sea fácil. Pero vale más hacerlo antes de que se vuelva aún más difícil. Es urgente reservar ya mismo terrenos para las estaciones en lugares estratégicos.

Y ya se acordará usted de esto que le decía hoy si tiene que ir al entierro de alguna víctima de la carretera. Me pregunto cuántas personas más han de morir antes de que pongamos remedio a esta carnicería.

>>>