Al día siguiente,

Horemheb hizo sonar las trompetas

y el ejército emprendió el camino de Siria,

y los carros precedían a las tropas

y limpiaban el camino preparando las etapas.

Pero yo no comprendía cómo Horemheb osaba ahora afrontar a los hititas en terreno descubierto. Los soldados lo seguían sin murmurar, porque soñaban en las riquezas de Siria y el abundante botín. Yo subí a mi litera y seguía a las tropas, y detrás de nosotros dejábamos la Montaña de la Victoria y los huesos de los egipcios y los hititas que se blanqueaban en buena armonía en el desierto.

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