En mi impaciencia por volver a Tebas di prisa a los remeros, que me mostraron sus manos llenas de callosidades y ampollas. Yo les ofrecí oro y cerveza porque quería mostrarme bueno, pero les oí discutir entre ellos y decían:

– ¿Por qué remar para este viajero gordo como un cerdo, puesto que delante de su dios todos somos iguales? Que reme él mismo y verá lo que significa y si sus manos se curarán con una moneda de oro y dos gotas de cerveza.

Mis brazos sentían el hormigueo de levantar mi bastón, pero quería ser bueno porque nos acercábamos a Tebas. Por esto bajé hasta ellos y les dije:

– Remeros, dadme un remo.

Y maniobré el pesado remo y mis manos se llenaron de ampollas, que reventaron. Mi espalda estaba dolorida y todas mis articulaciones crujían; me parecía que mi espinazo iba a quebrarse y mi respiración desgarraba mi pecho.

Pero le dije a mi corazón: «¿Vas a abandonar el trabajo apenas emprendido para que los esclavos se mofen de ti? Bastante más soportan ellos cada día. Soporta hasta el final el sudor de tus manos ensangrentadas a fin de que sepas cómo es la vida de remero. Eres tú, Sinuhé, quien has reclamado una vez la copa llena». Por esto remé hasta caer desvanecido y me llevaron a mi lecho.

Pero al día siguiente remé de nuevo con mis manos destrozadas y los remeros no se burlaron ya de mí, y me invitaron a renunciar diciendo:

– Tú eres nuestro dueño y nosotros tus esclavos; no remes más, de lo contrario el suelo se convertirá en el techo y caminaremos con los pies al aire. Deja de remar, querido dueño Sinuhé, para no sucumbir, porque el orden es necesario en todo y cada hombre tiene el lugar que los dioses le han asignado y el banco de los remeros no está hecho para ti.

Remé con ellos hasta Tebas y su comida fue la mía y cada día remaba mejor y mi flexibilidad aumentaba y gozaba de la vida al darme cuenta de que no me quedaba sin aliento al remar. Pero mis servidores estaban inquietos por mí y entre ellos decían:

– Un escorpión ha mordido seguramente a nuestro dueño o se ha vuelto loco como se vuelve uno en la Ciudad del Horizonte, porque la locura es contagiosa. Pero no tenemos miedo de él, porque llevamos un cuerno de Amón oculto en nuestro mandil.

Pero yo no estaba loco, porque no tenía ninguna intención de remar más allá de Tebas.

Así fue como llegamos a Tebas y de lejos el río nos trajo sus efluvios, y nada hay más delicioso que el olor de Tebas para quien ha nacido allí. Me hice ungir las manos con un ungüento especial y vestí mis mejores ropas después de haberme lavado. Pero mi mandil era demasiado ancho, porque había adelgazado, lo cual desolaba a mis servidores. Pero yo me mofé de ellos y los envié a la antigua casa del fundidor de cobre para anunciar mi regreso a Muti, porque no me atrevía ya a presentarme en mi casa sin previo aviso. Distribuí oro y plata entre los remeros y les dije:

– Por Atón, id y comed y llenaos la panza y alegrad vuestro espíritu con cerveza y divertíos con bellas muchachas de Tebas, porque Atón es dispensador de bienes y ama los placeres simples y prefiere los pobres a los ricos, porque su placer es más simple que el de los ricos.

Pero ante estas palabras los remeros se ensombrecieron y arañaron el suelo con los dedos de sus pies y sopesaron su oro y su plata y me dijeron:

– No queremos ofenderte, dueño nuestro, pero ¿no estará maldito tu oro, puesto que nos hablas de Atón? No podemos aceptarlo, porque todos sabemos que abrasa la mano y se convierte en barro.

Jamás me hubieran hablado así si no hubiese remado con ellos, pero aquello les inspiró confianza en mí.

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