Había ya coches en la M-40,
pero todavía
no se había montado
el atasco insufrible
que en dirección sur
se organizaba
casi todas las tardes.

Y Chamorro tenía razón,
por allí íbamos más directos.

Me había quedado atrás en el tiempo, desde el punto de vista viario: en la época en que yo vivía en Aluche, la M-40 aún no estaba cerrada y era la M-30 la única posibilidad de circunvalación. Calculé a bulto cuánto hacía que no iba al barrio: diez años, como poco. Desde que mi madre había decidido regresar a su Salamanca natal, donde vivían sus hermanas y tenía por tanto una familia algo más frecuentable que aquel hijo que había elegido vivir en el camino, persiguiendo malhechores. Hacía lo menos cuatro días que no la llamaba, recordé de pronto. Siempre me venía a la memoria así, como una falta. Tenía que ir con Andrés a verla. El siguiente fin de semana que pudiera utilizar para algo.

Llegamos a mi viejo barrio por la parte de abajo, como determinaba la ruta que habíamos elegido. El tiempo no lo había deteriorado demasiado, aunque las edificaciones que en mi juventud lo integraban no eran precisamente ejemplos de arquitectura puntera o excelencia constructiva. Para compensar eso, las nuevas eran algo mejores, y los parques, entonces recién inaugurados y poblados sólo por estacas patéticas que soñaban con ser árboles, habían ganado en sombra y frondosidad. Me admiró la estampa que ofrecía el Parque de las Cruces, al que la primavera había llegado como una auténtica explosión. Mi morada actual estaba a apenas veinte minutos de allí. Diez, un domingo por la mañana. Cómo había sido tan descastado de no ir en todo aquel tiempo. Cómo no había llevado nunca a Andrés. Cómo, en fin, gastaba la vida en querellas ajenas, en vez de paladear la íntima y profunda emoción que me producía ver aquellas calles donde yo había sido niño: donde había partido peonzas, ganado canicas, perdido novias. Claro que estas experiencias, si se convierten en hábito, se vuelven banales. Valen lo que su despojo, lo que su ausencia; lo que el escalofrío que le produce a uno ver que eso ya no es suyo, sino de otros. En el caso de mi barrio, de todos los sudamericanos que ahora poblaban sus calles, y que llevaban camino de convertirse en la comunidad mayoritaria. Y estaba bien así. Los sitios son de quienes hacen por vivirlos. Yo, como desertor, no podía reclamar derecho alguno. No frente a ellos.

– Yo viví aquí -le dije a Chamorro, de repente.

– ¿Ah, sí?

– Sí. Quince años. Los del aprendizaje de la vida.

– Vaya. Entonces no es cualquier cosa.

– No.

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