Este artículo ha sido revisado por dos médicos.

Gracias de corazón a los dos.

<<<

Última Hora, 3 de noviembre de 2002

<<<

Ya sabe usted que en los cruces de caminos siempre ha habido choques. Si son de diferentes medios de transporte, suelen ser más graves. En los pasos a nivel de los ferrocarriles se impone siempre la «preferencia de peso». Una locomotora normalita suele pasar de las ochenta toneladas. Ya ve usted que vale más no pararse en la vía del tren, aunque tenga usted un Land Rover. La mejor solución es hacer los cruces a distinto nivel. Con eso eliminamos el riesgo de colisiones. Sería la solución perfecta si fuera gratis. Por no ser, ni siquiera es barata.

El riesgo de choque también existe cuando los cruces son del mismo medio. Y más en las carreteras, donde conviven en mala armonía bicicletas, camiones y toda una gama de vehículos varios. La mejor solución es aquella misma:  construir un «scalextric» y elevar uno de los caminos sobre el otro. Cuando no se hace, los vehículos van por ahí un tanto a la buena de Dios. A veces pasan cosas. Recuerdo haber visto en uno de mis viajes un cruce de caminos en el medio de ninguna parte. Tenía justo al lado un puesto de la Cruz Roja. A primera vista creería usted que era para ir en ayuda de los eventuales accidentados en las cuatro carreteras que partían de allí. Pues no. El punto negro era el propio cruce. Como estaba en mitad del campo, los conductores desavisados no se percataban de su existencia y… ojos que no ven, castaña que te crió.

En Eivissa, las autoridades han optado por otra solución: la rotonda. Cada vez hay más, y cada vez son más pequeñas. En teoría, es una buena idea. Los conductores han de comprobar que no hay tráfico a su izquierda y yattá. La realidad, como siempre, es más compleja que las previsiones. Usted va por el carril de la derecha, otro conductor se coloca a su izquierda y no le deja ver. Cuando para el coche, el que viene detrás se despista y le da un golpecito con el parachoques. Usted se lleva el famoso latigazo en las cervicales. He visto uno de esos accidentes. El coche no se movió ni un palmo. Pero hubiera tenido que ver usted la cara que se les puso a los dos chicos que iban dentro…

Con la edad, los huesos se endurecen. Por eso los golpes no afectan igual a todo el mundo. La incidencia de lesiones medulares sin fractura es mayor entre los jóvenes, porque tienen el cuello más flexible. Los mayores pueden salir con vértebras rotas y la médula espinal casi intacta. Y las mujeres suelen salir peor libradas que los hombres. El abanico de posibilidades va desde lo más leve, que es el latigazo cervical, hasta lo más grave, que es la sección medular, pasando por el esguince cervical, la luxación cervical y la contusión cervical. El reposacabezas, si está bien colocado, reduce mucho la gravedad de los daños.

Con suerte, la cosa se «arregla» con un collarín y ocho semanas de baja, en promedio. Pero a veces quedan secuelas. Dificultades para dormir, molestias indefinibles en el pescuezo, vértigos o dolores que requieren tratamiento de por vida. La sanidad pública o las compañías de seguros suelen correr con los gastos. Un despiste lo tiene cualquiera… Es «lo normal».

Pues no. Las víctimas no habían pedido dinero; ni siquiera rehabilitación. Sólo querían vivir – y dormir – en paz. Los síntomas del golpe duran más de seis meses en el 75% de los casos. Ya ve usted que todo esto no es baladí, y que tiene efectos acumulativos. Hay quien no llega nunca a curarse del todo.

El modelo de movilidad al uso consiste en más de lo mismo: más coches, más carreteras, más rotondas y… más collarines, naturalmente. Ya va siendo hora de cambiarlo. El transporte del siglo XXI en Eivissa y Formentera ha de ser, ante todo, seguro. Por eso los coches están descalificados. La prevención de los accidentes de carretera es una tarea imposible.

En mi opinión, el transporte colectivo del siglo XXI ha de ser eléctrico, guiado, elevado y automático. Eléctrico, para usar energías renovables y no contaminar el ambiente. Guiado, por elementales razones de seguridad. Elevado, para «volar» por encima de los caminos existentes. Y automático, para no depender de sistemas de control tan poco fiables como son los seres humanos.

Y es que si el despiste es «lo normal», el collarín también, ¿no?

>>>