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Vivimos en una sociedad de padres dimisionarios. Y esto nos crea una particular ansiedad y angustia dentro del sistema educativo. De momento, aún, no contamos con medios para poder hacer frente a esta situación, y ello hace más difícil, día a día, nuestra tarea. Estábamos acostumbrados, hasta hace un par de décadas (o incluso menos) a que el ámbito natural de la educación básica de los niños era la familia. En el ámbito familiar las personas aprendían los comportamientos básicos para poder socializarse, para poder relacionarse con otras personas. Así, nuestros padres nos enseñaban como debíamos hablar con ciertas personas, como debíamos relacionarnos, cuáles eran las pautas consideradas de «buen comportamiento», como nos debíamos dirigir a éste o a aquel, etc. Los chicos, pues, iban a la escuela sabiendo, por ejemplo, que se debían aprender unas ciertas cosas, escuchar en unos determinados momentos, realizar unos determinados ejercicios, sentarse en una cierta postura, escoger unos momentos concretos para comer y beber, y muchas cosas más absolutamente mínimas para que la actividad educativa se pueda llevar a cabo.

Actualmente, el profesorado intenta -a menudo infructuosamente- realizar su tarea en unas condiciones que se encuentran notablemente por debajo del cumplimiento de estos mínimos. En una especie de sociedad espectáculo como la nuestra, parece que los chicos van a la escuela o al instituto a ver algo que les divierta, que les haga pasar el tiempo tan agradablemente como sea posible, que les entretenga… fundamentalmente. La cuestión formativa ha pasado de constituir el primer elemento de la educación a ser un elemento secundario. Esta concepción de las cosas combina con la idea de que los centros educativos son una especie de «guarderías» donde padres y madres aparcan a sus hijos durante unas cuantas horas.

Si en el aparcamiento de niños alguno de los que vigilan que no se hagan chichones ni agujeros pretende enseñar alguna cosa, deberá tenérselas con unos chicos y con unos jovencitos y jovencitas que no entienden por qué razón no pueden mascar chicle dentro de la clase (cuando se trata de una práctica estrictamente individual y aproximadamente intransferible), qué daño hacen unos casquetes puestos mientras el profesor intenta explicar cómo resolver un problema de matemáticas, por qué se debe esperar a una hora determinada para empezar a engullir el bocadillo, qué problema existe para que una no pueda sentarse con la espalda doblada, o poner los pies sobre la mesa… Tampoco se entenderá bien por qué razón no se puede hablar a gritos (si están acostumbrados en su vida cotidiana), por qué se debe tratar de manera respetuosa a la gente (si están acostumbrados a actuar sin ton ni son) o por qué no se puede soltar aquello que se piensa en el mismo instante en que se piensa, sino que se deben seguir unas pautas y unos turnos.

Todo esto es posible, insisto, por la dimisión de los padres. La educación tradicional, autoritaria y basada en unos valores sólidos pero no compartidos por nuestra sociedad, constituía un instrumento que, como mínimo, evitaba el desconcierto actual. No hace falta volver atrás para arreglar las cosas, pero se deben plantear algunas cuestiones elementales. Hoy en día, la mayoría de padres y madres tienen tendencia a ser permisivos con sus hijos y a poder gozar de poco tiempo para dedicarles. La combinación es totalmente nefasta, porque solamente se puede funcionar mínimamente siguiendo dos modelos:

Cuando los padres y madres son permisivos y liberales en su relación con los chicos, necesariamente deben dedicarles mucho tiempo. Tienen que llegar a hacerles comprender las cosas, deben establecer un diálogo fluido con ellos y deben acostumbrarlos al razonamiento y a la reflexión. Esto implica gastar muchas horas del propio tiempo en la educación de los hijos, pero constituye el instrumento más eficaz para que ésta pueda funcionar mínimamente.

Cuando los padres y madres tienen poco tiempo, deben ser estrictos en la educación de los hijos. Si no les pueden dedicar tiempo suficiente, deberán someterlos a unas normas draconianas, imponerles unos horarios inflexibles, castigarlos si incumplen sus deberes, etc.

Naturalmente, el modelo preferible es el primero. Unos padres autoritarios que siempre estuvieran sobre los hijos los ahogarían. Unos padres liberales que dediquen poco tiempo a los hijos los convertirán en personas sin norte, desorientadas y angustiadas. Como la mayoría de los chicos que actualmente tenemos en las aulas.

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 El bloc de Bernat Joan i Marí – Reflexions a sa Carroca

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Comentario de Juan Manuel Grijalvo – Para el carro…

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La clave es la educación

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