… has comprendido
perfectamente
la clave del asunto:
todo es una tramoya.

Es una aberración hacer convivir a motores térmicos y personas en el mismo espacio; pero nos seguimos autoengañando (o dejamos que nos manipulen) creyendo que los avances tecnológicos pueden permitir tal cohabitación. Falso. Mira, te pongo un ejemplo. ¿Nunca has visto, cuando vas conduciendo, cómo el moderno coche que llevas delante da un acelerón y suelta toda una nube negra? Eso es un catalizador colmado que, al aumentar el régimen, descarga todos los inquemados (básicamente, hollín, que en sus calibres más finos es cancerígeno según la OMS) al ambiente (es decir, a ti, que vas detrás). Pero este fenómeno no se percibe en los ensayos, ya que las marcas presentan sus vehículos con los catalizadores limpios, y tardan miles de kilómetros en colmarse. Así, pueden presumir de limpieza. Pero esto, en condiciones reales, es una gran mentira, porque con el discurrir de los kilómetros, los inyectores se desajustan, los catalizadores se colmatan o se envenenan, y todos los vehículos acaban contaminando muchísimo más de los valores con los que fueron homologados. Todas las medidas para limitar la contaminación de los últimos años, son puramente de cara a la galería en el momento de la homologación (vehículo nuevo). Con el paso de los años, un vehículo Euro VI va aproximando sus emisiones a un Euro IV. Pero de esto no oirás hablar, porque no interesa.

Ni a las marcas, ni a los gobiernos que les doran la píldora, ni a los mismos conductores que no quieren resignarse a dejar el coche en casa y seguir acudiendo a su lugar de trabajo en el vehículo privado. Mira, te pongo otro ejemplo: un conocido me pide consejo para elegir un coche híbrido (porque es de éstos muy concienciados). Yo le digo claramente que los híbridos son una mamarrachada, ya que sólo tienen una ventaja de consumo y emisiones en el entorno urbano: y en la ciudad lo lógico es coger el transporte público electrificado, no promover más contaminación y atascos sacando el coche del garaje. Pero es que él vive a treinta kilómetros de su centro de trabajo, y pretende usar el coche para acudir a diario (como tantísima otra gente). Mi consejo: para ese recorrido, un diésel consume menos, y si realmente te importa el entorno, deberías pensar en mudarte cerca de tu puesto de trabajo o, en todo caso, usar el ferrocarril. Mi respuesta es, energéticamente, incontrovertible. Sin embargo, a esta persona no le gustó nada mi respuesta, hará caso omiso de ella y se acabará comprando un híbrido para poder sentirse confortable con su conciencia porque le han dicho que eso es lo más de la ecología. Y seguirá contaminando y dilapidando energía como venía haciendo. Pero la industria le ofrece la posibilidad de hacerlo de forma «ecológica, sostenible y comprometida». Pero contamina igual (o más, porque hemos de contar la toxicidad en la producción y reciclaje de las baterías de níquel-cadmio que usan la mayoría de los híbridos).

Todo es una mamarrachada. Las verdaderas soluciones están al alcance de la mano, pero casi nadie quiere aceptarlas. Lo ecológico no es ir en un híbrido, sino ir andando o en bici. Pero eso implica un urbanismo sostenible y una racionalización de la ordenación del territorio, además de cambios sociales para retirar el estigma de la bici como vehículo de pobres.

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