En memoria de Amaya Grijalvo

Octubre de 2003

Verá usted, yo tenía una hermana.

Era una persona brillante en todos los sentidos. Su “curriculum” comenzaba con una matrícula de honor en el examen de ingreso de bachillerato. Tuvo esa misma nota global en la reválida de cuarto, en sexto curso y en COU. Su libro escolar era una monótona colección de veintinueve matrículas, y el resto “sólo” sobresalientes y unos pocos notables. Estudió Empresariales en ESADE y fue la primera de su promoción. Tuvo un empleo en Arthur Andersen, en las divisiones de auditoría y de sistemas. De ahí pasó a la agencia de publicidad Bassat, Ogilvy & Mather como ejecutiva de cuentas. Otra cosa que hizo fue volver a ESADE, pero de profesora. Y algunas menudencias más por el estilo.

Como es natural, los “cazadores de cabezas” la “tocaron” varias veces. Ya sabe usted lo que es eso: una especie de oficinas de empleo para ejecutivos de primer nivel. Cobran burradas por conseguir que personas como mi hermana cambien de compañía. Sus honorarios se calculan en función de los sueldos anuales de los susodichos. Ya ve usted que estamos hablando de mucho dinero. Eso es así porque los empresarios saben que un buen directivo les hace ganar muchísimo más de lo que cobra. Mi hermana, con sus amplios y profundos conocimientos de contabilidad, administración, informática, “marketing”, etcétera, era una joya. Hubiera llegado muy lejos.

Pues bien, el 16 de mayo de 1985 nuestro estúpido modelo de movilidad rompió esa cabeza tan valiosa contra el marco de la puerta de un coche, y el cerebro que había dentro dejó de funcionar para siempre. Tenía veintinueve años.

En los casos hipotéticos de que mi hermana hubiera vivido y de que yo tuviera un cargo público en Eivissa, probablemente habría intentado “reclutarla” para que trabajase conmigo en lo de montar la administración única. Por una parte, nos conocíamos de toda la vida, cosa que ahorra presentaciones. Por otra, su “curriculum” las hacía innecesarias. Pero, que yo sepa, a mi hermana jamás se le pasó por la cabeza presentarse a oposiciones para funcionaria ni “meterse en política”. Las razones son obvias. Ni una cosa ni la otra pagan – ni de lejos – los salarios normales de los altos cargos de la empresa privada. En cuanto a estabilidad laboral, casi nadie abandona un empleo fijo por una apuesta a los cuatro años que suele durar un cargo electo o de confianza. Y el ambiente de trabajo no suele ser maravilloso, por razones en las que no entraremos… por ahora.

La, digamos, política de personal de las administraciones tiene efectos indeseables. Trabajar en el sector público no resulta muy atractivo para profesionales que tengan cosas mejores que hacer. No sé si habrá leído usted un artículo mío titulado “Patrimonio de la Humanidad“. Apareció en “Ultima Hora” el día 17 de junio de 2003. En él exponía algunas consideraciones sobre el reclutamiento de directivos, aplicadas al caso particular del gerente del famoso consorcio “ad hoc”. Las cosas no marchan bien. En este asunto se ha de hacer mucha gestión y mucha administración de altura, y muy poquito de eso que se llama aquí “política”, y que en realidad es… ejem, otra cosa. A juzgar por lo que llevamos visto hasta la fecha, harán todo lo contrario. La rehabilitación de Dalt Vila es la clave de bóveda para recuperar la ciudad y la isla entera. Es evidente que no podemos seguir perdiendo el tiempo. En el mejor de los casos, la presente legislatura será estéril. En el peor… usted mismo.

Últimamente hemos oído hablar bastante de los curiosos criterios que está aplicando el actual equipo de gobierno del Consell en los procesos de selección de las personas que ocuparán cargos de confianza. No me han extrañado en absoluto, porque resultan ser los mismos que sirvieron para hacer las candidaturas. Como han ganado las elecciones, hemos de suponer que dichos criterios son del gusto de la mayoría de los votantes, y yattá. En su día, los dirigentes del Pacte dieron una serie de cargos en función de las llamadas “cuotas de partido”, cosa que produjo resultados ciertamente sorprendentes. En fin, para que podamos hablar ahora de la política de personal del Pacte haría falta que la hubieran tenido.

En el caso hipotético de que mi hermana hubiera vivido, me hubiera “reclutado” ella a mí, con una oferta que yo no habría podido rechazar. Con un empleo perfectamente acorde a mis aptitudes e inclinaciones, y una remuneración razonable. Mi lugar de trabajo habría estado en Madrid, o tal vez en Barcelona. Para que ella se viniera a Eivissa, ¿qué cargo habría podido ofrecerle yo? Pues ya lo ve usted: ninguno. Aquí todo está perfectamente organizado. Las instituciones de Eivissa no necesitan personas como mi hermana.

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