24/02/2016

Debo confesar que pertenezco a una secta que en nuestro país siempre ha parecido tener pocos adherentes: la de los anglófilos. La “Pérfida Albión”, o sea la sociedad, los Gobiernos y, en general, los naturales de las Islas Británicas, no han tenido históricamente muy buena prensa entre nosotros. Se les ha acusado a menudo de cinismo, codicia, doblez, pomposidad, materialismo e hipocresía. Algunos motivos habrá indudablemente para ello, pero aún en el supuesto caso que estas invectivas tengan más o menos fundamento, creo que se ven ampliamente compensadas por las ingentes aportaciones que la cultura, la educación y los modos de vida anglosajones han hecho al progreso del género humano en los ámbitos más variados: al progreso tecnológico en primer lugar, pero también de forma decisiva a las ciencias políticas, naturales y económicas y, asimismo, a la literatura, la medicina, el arte de la navegación, los deportes, o a tantos otros campos…

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[ Este artículo me ha interesado mucho…

Soy anglófilo convicto y confeso

desde que empecé a leer a Enid Blyton y Rudyard Kipling.

Debía ser a los ocho años de mi edad.

Buena parte del resto de mis «muebles mentales» me los han dado

Arthur C. Clarke, Gerald Durrell, George Orwell, Jonathan Swift y John R.R. Tolkien. ]

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