2 de Noviembre de 2015

Leo que un veinte por ciento de los alumnos que terminan su escolarización obligatoria, en el conjunto del Estado español, tienen problemas graves para entender documentos elementales, hojas de indicaciones, los manuales de instrucciones de determinados electrodomésticos o textos periodísticos sencillos. Hablando en plata, se nos vendría a decir que la quinta parte de los jóvenes que terminan sus estudios obligatorios, con dieciséis años, son analfabetos funcionales.

Esto debería hacernos pensar muy seriamente, si tenemos en cuenta que estos jóvenes, como mínimo, han pasado diez u once años en la escuela. En algunos casos, la escolarización habrá durado trece o catorce años. Todos estos ciudadanos han pasado, por lo menos, una década larga en el sistema educativo. Un sistema educativo que, con más de diez años de escolarización, no consigue que una quinta parte de los escolarizados dejen de ser analfabetos funcionales debe hacernos recapacitar muy en serio. Y no vale que nos muestren datos comparativos con otros Estados, mostrándonos que en otras partes también hay montones de chicos y chicas que no son capaces de entender un texto mínimamente complejo.

Este año estoy participando de una nueva experiencia, ciertamente impresionante, que no creo que nos pueda dejar indiferentes. A mí, lo he de confesar públicamente, me ha impactado de manera poderosa. De alguna manera, diría que, a día de hoy, todavía me tiene aturdido. Por primera vez desde que me dedico a la educación (y ya hace treinta y tres años que empecé), me he encontrado niños que llegan al instituto no ya siendo analfabetos funcionales, sino, directa y llanamente, sin saber leer ni escribir. Se trata de chicos que han sido escolarizados durante siete u ocho años y que no son capaces de crear un texto elemental, no son capaces de escribirlo, sólo saben leer silabeando y no entienden nada de lo que leen (es decir, que no saben leer).

Soy del todo partidario de la escuela inclusiva, y pienso que los niños que tienen déficits de aprendizaje deben compartir espacio con otros que pueden seguir con normalidad las clases. Pero no entiendo que en la escuela inclusiva se pueda permitir que alumnos que comienzan a cursar la Educación Secundaria Obligatoria compartan espacio con otros alumnos que no han aprendido todavía a leer y a escribir. A leer y escribir se aprende, como muy tarde, en los primeros cursos de Primaria. Nuestro sistema educativo, sin embargo, permite que alumnos que no han aprobado ni un solo año por conocimientos propios vayan pasando cursos de forma escalonada. En la ESO sólo se puede repetir una vez cada curso. De modo que, hipotéticamente, resulta del todo posible (y yo lo encuentro perfectamente pensable) que mis alumnos de primero de ESO que todavía no saben leer ni escribir pasen a segundo, tercero y cuarto sin haber aprendido nada. Harán cada curso en dos años en vez de hacerlo en uno. E incluso podría darse el caso (de un grado de surrealismo más que daliniano) de que alguno de estos niños, habiendo superado la Educación Secundaria Obligatoria, decida (porque la decisión sería suya) continuar haciendo Bachillerato siendo no ya analfabeto funcional, sino, directamente, iletrado del todo.

El problema de los niños que llegan a la ESO sin saber leer ni escribir es que no tienen más remedio que disimular esta carencia, y sólo pueden hacerlo a través de un comportamiento ingobernable dentro de la clase. Como no saben leer ni escribir, en vez de participar en las tareas de clase (absolutamente imposibles para ellos), han de interrumpir el funcionamiento normal, conseguir que los expulsen, que los amonesten, que se esté pendientes de ellos por cuestiones de disciplina, para no poner de manifiesto la carencia (inexplicable) que aún tienen.

Tener alumnos que aún no han aprendido a leer ni a escribir en una clase regular de Enseñanza Secundaria Obligatoria no es, de ninguna manera, propio de una escuela inclusiva. Retrasa el aprendizaje de todos los demás, se convierte en una rémora para el grupo entero, y ellos mismos no pueden sacar provecho porque no entienden nada que esté escrito. Poniéndolos en una clase regular se les distrae de lo que deberían hacer para empezar a poder participar del sistema educativo: aprender a leer y escribir. Una vez alcanzado este conocimiento, se pueden hacer todas las adaptaciones curriculares que haga falta. Pero, mientras no se alcance, no se les incluye, ni se les incorpora, ni se les socializa, ni se les hace nada parecido, poniéndolos en una clase donde, como corresponde, la mayoría de los niños sí entienden la letra escrita y son capaces de producirla ellos mismos.

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