(( Ilustración de Pep Tur – pendiente ))

Última Hora, FDS, 25 de julio de 2003

Nunca ha sido fácil entender el funcionamiento de las sociedades humanas. Desde el punto de vista científico, la cosa se habría de estudiar con los mismos criterios que aplicamos a una colmena o a un hormiguero. Pero la conducta de los seres humanos viene determinada genéticamente en menor grado que la de los himenópteros sociales. En nuestro caso, también pesa mucho la cultura, en el sentido antropológico del término.

Y nuestra sociedad ya no se entiende. Por una parte es competitiva. Sobre el papel, los empleos se dan en función de los méritos objetivos de los candidatos. En la práctica, vemos que sigue siendo tan importante como siempre tener un apellido determinado, es decir, pertenecer a tal o cual clan familiar. Eso, en principio, suele implicar una educación que ha durado más años que la del «ciudadano promedio»… lo que no tiene por qué ser sinónimo de una educación «superior». En el otro extremo, quienes no tienen títulos académicos… o padrinos que los «sitúen», tampoco tienen oficio ni beneficio.

En nuestra sociedad están desapareciendo los puestos de trabajo que en otros tiempos ocupaban los menos dotados intelectualmente. Las máquinas los están empujando hacia el desempleo o la jubilación anticipada, que en muchos casos conllevan marginación y exclusión social.

Al propio tiempo, se supone que vivimos en una sociedad solidaria.

Veamos… ¿los tontos tienen derecho a la vida? Como aún no he dado con una respuesta satisfactoria, aquí tiene usted algo de lo que han dicho algunos autores que han tratado el particular.

Aldous Huxley, en su «Brave New World», nos dice que el sistema fabrica tontos en serie, y los coloca como ascensoristas, obreros en cadenas de producción y cosas similares. Con el loable propósito de que no se aburran en esas ocupaciones poco creativas, les machacan el cerebro intoxicándolos con sustancias químicas antes de nacer. Mejor dicho, antes de ser decantados.

H. G. Wells nos ofrece varias alternativas. En «Los primeros hombres en la Luna», la idea es especializar físicamente a los trabajadores, un poco al estilo de las reinas y las obreras de un hormiguero, y atontar a los parados con drogas para que no alboroten. En «La isla del doctor Moreau»… no, no puedo contárselo. Y en «La máquina del tiempo» nos presenta la posibilidad de que tanto los pobres como los ricos se hayan vuelto tontos.

La solución de Orwell en «1984» es montar una dictadura espantosa que exige de los individuos inteligentes un esfuerzo mental muy considerable… sólo para sobrevivir. En el otro extremo, la vida de los «proles», por proletarios, consiste en ir de casa al «curro» y del «curro» a casa. Jamás se les pasará por la cabeza la idea de que sea posible algo diferente, porque no tienen palabras para nombrarlo.

Otro día, si usted quiere, podemos seguir intentando entender algo…

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La clave es la educación…

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