Si todos los partos se hicieran de forma normal, se diría que los niños vendrían al mundo «aleatoriamente» cualquier día y a cualquier hora. Pero resulta que los nacimientos se «programan» a ser posible de lunes a viernes. Solo basta con revisar las estadísticas de cualquier clínica privada para constatar que los fines de semana nacen muchos menos niños que los días laborables.

La diferencia entre los nacimientos en días laborables y los fines de semana no se debe, obviamente, a causas naturales. Sino a que ahora lo «moderno» es que los hijos vengan mediante intervenciones programadas los viernes, antes de un puente o un feriado, y mejor de día que de noche.

La presión social también ha dado lugar a que se den muchos casos de «cesáreas a demanda», es decir que son las futuras madres las que solicitan directamente a su médico que les practique una cesárea aunque no exista ninguna indicación médica que justifique la cirugía.

¿Pero qué pasa en otros entornos? Según el último informe de la Unicef, “Niños y niñas en un mundo urbano”

http://www.unicef.org/spanish/sowc2012/index.php

en Brasil y México, uno de cada dos niños nace mediante cesárea, aunque las diferencias porcentuales entre los hospitales públicos y las clínicas privadas son abismales, ya que el número de cesáreas en los centros privados supera el 70% en México o el 60% en Chile.

Según un estudio realizado en 2007 por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 18 centros de nuestro país, de 12.484 mujeres embarazadas, 5.047 mujeres dieron a luz por cesárea electiva (40%). En los centros privados hasta el 70% de los niños nacen por este medio.

Si consideramos que la propia OMS recomienda unas tasas de cesárea del 15%, está claro que hay muchas intervenciones que son científicamente prescindibles, y más que insistir en la reducción de estas operaciones, lo importante es que se hagan tantas como haga falta, pero ni una más; pues, aunque el procedimiento es relativamente seguro, no está exento de riesgos y se asocia con un aumento del riesgo de mortalidad y morbilidad materna, por lo que desde el punto de vista deontológico es absolutamente inadmisible hacer una operación que conlleva riesgos sin que exista una indicación médica explícita.

Diversos factores, incluyendo la percepción de mayor seguridad-comodidad, han contribuido al incremento de las cesáreas. Los especialistas esgrimen, entre otras razones, que las mujeres son cada vez madres con más edad, que de por sí ya es un factor de riesgo, al que se añaden la hipertensión o la obesidad. También influye el incremento de partos múltiples, debido a los tratamientos de reproducción asistida. En todos estos casos, aumenta la posibilidad de que se realice una cesárea. Argumentos de peso o no, es vox populi que hay un tufillo económico en todo esto.

En países como el nuestro, la mejora de la salud materno-infantil depende directamente de cuán robustos son los sistemas sanitarios, de ahí que al tener los recursos especialmente limitados, la realización a gran escala de cesáreas innecesarias representa una importante pérdida de recursos, lo cual indirectamente conlleva que otras personas van a dejar de recibir una asistencia seguramente justificada y necesaria.

Como van las cosas, al Ministerio de Salud Pública le corresponde adoptar las medidas organizativas, formativas, económicas y sociales para reducir al mínimo el uso abusivo de las cesáreas. Entre esas acciones destaca la elaboración de Guías de Práctica Clínica de cumplimiento estricto en los ámbitos público y privado.

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