2.1. GANT y Don Camilo

Enviado por: «Carlos Mey – Webmaster»

Fecha: Vie, 20 de Abr, 2007 10:46 am

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Arturo Lisdero Molina envió este mensaje a

ATNA – Amigos de la Tradición Náutica Argentina

y le pedí permiso para publicarlo en Histarmar,

ya que me dejó muy emocionado.

Por favor, léanlo.

Mey

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Quienes me conocen saben que soy generalmente racional y pragmático, que pienso en resultados y cómo obtenerlos eficientemente. Sin embargo hoy quiero hablar de un sentimiento que resurgió al encontrarme con el desgraciado hecho del incendio y la noble actitud de Tarapow.

Si siguiera mi habitual «racionalidad pragmática» no lograría encontrar una utilidad o explicación a la permanencia de Tarapow en el barco: él solo poco o nada podía hacer, y si el barco llegaba a hundirse se perdía un oficial de valía.

Pero cuando abandoné ese intento de encontrar una explicación lógica volvió a a mi memoria uno de los relatos de uno de los libros más importantes para mí. Desde hace muchos años releo cada tanto los libros de Giovanni Guareschi de la serie de «Don Camilo». Algunos recordarán unas películas en blanco y negro, pero puedo asegurar que los libros son mucho mejores.

Para los que no lo conozcan, Don Camilo es el párroco en un pueblo de «La Bassa», que es la llanura del Po en Italia y enfrente se encuentra Peppone (el gran Pepe) que es el alcalde comunista del pueblo. Ambos son personas de enorme fuerza física, hombres cabales y de valía. Peppone se confunde porque no tiene mucha instrucción y por un comunismo idealista que implica no creer en Dios aunque él sea católico, la lucha contra la opresión del pueblo y otro sinnúmero de operaciones. Así surgen muchos conflictos entre divertidos y cómicos, donde Don Camilo, que también comete sus errores y debe corregirlos, debe enfrentar a Peppone para poner las cosas en su debido lugar.

Otra cosa particular es que Don Camilo habla con el Cristo del altar, que algunos dicen es en realidad su propia conciencia.

Y en una de esas historias, el pueblo se ve amenazado por una crecida del Po y la posibilidad de que se rompan los diques que protegen al pueblo. La gente finalmente escucha las recomendaciones, esta vez tanto de Don Camilo y Peppone y logra evacuar ordenadamente, pues finalmente un dique se rompe y el pueblo queda bajo varios metros de agua.

Y transcribo algunos párrafos de ese texto:

Los que habían escapado en los birlochos y los camiones, habían alcanzado a los otros infelices que estaban acampados con los animales y las cosas salvadas, en los pueblos vecinos, y todos, habiendo dejado a los chicos a cuidar los carros, se habían dirigido al pueblo en birlochos, motocicletas y bicicletas hasta encontrarse el camino del dique a la vista del pueblo, ya inundado.

Miraban enmudecidos el pueblo que estaba ahí cerca, a media milla, y cada uno veía su casa aun cuando no la viera.

Nadie hablaba: las viejas lloraban silenciosamente. Ahí quedaban mirando cómo moría su pueblo y ya lo veían muerto.

-¡No hay Dios! -dijo un viejo con voz bronca.

En ese momento sonaron las campanas.

Sonaron sus campanas, no había modo de equivocarse por más que hubiese algo distinto en los tañidos.

Todos los ojos ahora miraban solamente el campanario.

Don Camilo, cuando vio a la gente sobre el dique mayor, había descendido. El agua había ya cubierto dos de los peldaños del portal.

-Jesús, perdonadme si había olvidado que hoy es domingo -dijo don Camilo arrodillándose ante el altar mayor.

Antes de ir a prepararse en la sacristía, pasó al tabuco del campanario y se asió de una cuerda esperando que fuera la conveniente. Lo era, y la gente que estaba en el dique oyó el llamado de la campana y dijo:

-¡La misa de las once!

Las mujeres juntaron las manos y los hombres se quitaron el sombrero.

Don Camilo dio principio a la misa. Y cuando llevó el momento de hablar a los fieles, a don Camilo no le interesó el hecho que la iglesia estuviera desierta: él les hablaba a los del dique.

El agua había cubierto ya el tercer peldaño y empezaba a extender un velo sutil, helado y luciente sobre el pavimento de la iglesia.

La puerta estaba abierta y se veía la plaza con las casas anegadas y el cielo gris y amenazador.

-Hermanos -dijo don Camilo-. Las aguas salen tumultuosas del lecho de los ríos y todo lo arrollan; pero algún día volverán amansadas a su cauce, y el sol brillará de nuevo. Y si por último ustedes hubieran perdido todo, aún serían ricos, pues no habrán perdido la fe en Dios. Pero quien haya dudado de la bondad y la justicia de Dios será pobre y miserable, aunque haya salvado todo lo suyo. Amén.

Don Camilo habló en la iglesia devastada y desierta, mientras la gente, inmóvil sobre el dique, miraba el campanario.

Y siguió mirándolo, y cuando del campanario llegaron los tañidos de la Elevación, las mujeres se arrodillaron sobre la tierra mojada y los hombres bajaron la cabeza.

La campana tañó anunciando la Bendición. Si bien la función de la iglesia había acabado, la gente charlaba en voz baja moviéndose apenas; era una excusa para oír todavía las campanas.

Éstas, al rato empezaron a repicar alegremente y los hombres sacaron el reloj.

-Sí, ya es mediodía -dijeron-. Es hora de ir a casa.

Y subieron a las bicicletas, a los birlochos y a las motos y fueron a reunirse con sus hijos y sus cosas en los refugios extraños, desnudos e inhospitalarios.

Y al partir miraban sus pobres casas que parecían navegar en el agua fangosa. Pero quizá pensaban: «Hasta que don Camilo esté en el pueblo, todo irá bien».

Más adelante prosigue:

Se mudó de ropa, comió algo y se acostó. Hacia las tres de la tarde sintió llamar a la ventana.

-¡Adelante! -dijo don Camilo.

Apareció la cabeza de Pepón.

-Si le interesa -dijo éste-, el bote lo espera abajo.

-¡No me interesa! -respondió don Camilo-. ¡La guardia muere, pero no se rinde!

-¡Entonces váyase al infierno! -gritó Pepón volviendo a cerrar la ventana.

Cuando el bote pasó delante de la puerta de la iglesia, abierta de par en par, Pepón les gritó a los remeros:

-¡Atención a la izquierda, animales!

Así, todos miraron a la izquierda y Pepón pudo quitarse el sombrero y volvérselo a poner sin que nadie lo viera.

Por más que lo revolviera en el cerebro, Pepón no lograba comprender qué había querido decir don Camilo con eso de que la guardia muere, pero no se rinde. Con todo, había un hecho cierto: ahora, sabiendo que don Camilo, permanecía allá, le parecía que el pueblo estuviese menos inundado.

Y finalmente

Era la hora de ir a tocar las campanas para el oficio nocturno. Don Camilo, con una vasija y cuatro barriles vacíos que funcionaban como flotadores, se había construido una especie de Bucentauro en el cual podía navegar tranquilamente.

Subió al Bucentauro y entró en la iglesia. Llegado a los pies del Cristo crucificado -el altar estaba ya todo cubierto- se arrodilló.

-Jesús, perdonad si ahora el altar lo he levantado sobre el campanario y si celebraré desde allá: una inundación se parece un poco a una guerra y yo me siento capellán de una sección de combatientes; como tal he sacado a relucir mi viejo altarcito de campaña.

El Cristo suspiró.

-Don Camilo, ¿qué haces aquí? ¿Tu lugar no es entre tu gente?

-Jesús, mi gente está aquí: los cuerpos están lejos, pero con el corazón están todos aquí.

-Don Camilo, tus brazos son fuertes y aquí quedan sin empleo mientras que podrían servir para ayudar a los débiles.

-Jesús -respondió don Camilo-. Yo los ayudo a todos estando aquí, y con la voz de estas campanas mantengo viva la esperanza de la gente distante; la esperanza y la fe.

Y esta es la imagen que me quedó de Tarapow a bordo del Irizar. Mientras él estuvo a bordo, el barco no estuvo abandonado.

Saludos a todos

Arturo L. A. Lisdero Molina
Buenos Aires

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