Ahora que vivo en Tafira echo de menos la ciudad. Esto es muy tranquilo, demasiado; sobre todo echo de menos el ruido de la ciudad. Me gustaba vivir en Las Palmas porque es la única ciudad que conozco que nunca se terminará de hacer, dominada por una maravillosa falta de previsión. Me gustaba el ruido percutor de la perforadora abriendo zanjas a lo largo de las calles cercanas, primero para el teléfono, después para el cableado eléctrico, más tarde descubriendo las alcantarillas tapadas porque se había asfaltado sobre ellas, y al final, porque todo estaba mal, había que empezar de nuevo. En cambio me disgusté cuando se acabó la obra de la placita detrás de mi casa; la pequeña hormigonera estuvo dieciséis meses funcionando con su motorcito que –hiciera falta o no– se encendía desde las siete y media de la mañana para disfrute de un solitario y perplejo obrero que allí estaba de guardia.

También echo de menos aquella vida en mi pisito, rodeado de vecinos que, por una u otra razón, nunca estaban de acuerdo con el producto que se les ofrece: se perforaban paredes, se instalaban nuevas conducciones, se tiraban tabiques, se cambiaban azulejos, pero nunca todos a la vez sino durante años, y cada obra muy poco a poco casi siempre aprovechando los fines de semana.

Era aquél un fantástico piso donde el nulo aislamiento hacía que me enterara del número de lavadoras que ponía el del segundo por la noche, o de las veces que se visitaba el baño en el quinto, o de los problemas con el odioso cuñado de la señora del primero, o de los gustos musicales de alguien que nunca localicé y escuchaba una música en la que sólo sonaban machaconamente los graves y el bombo de la batería.

A veces había cierto silencio y aquello no me gustaba; entonces, por fortuna, los eficaces servicios urbanos venían en mi ayuda: todas las noches el camión de la basura vaciaba los contenedores a esa hora en que en la película de Canal Plus se daban las claves para entender lo que venía después, con lo que nunca me enteraba de nada. Algunas veces era aún mejor ya que después de las doce, cuando estaba a punto de quedarme dormido, venía uno de los vehículos más ruidosos que se haya inventado después de los aviones de Binter a limpiar los contenedores vacíos o a regar –siempre en días lluviosos– las plantas de la placita.

Así y todo, conseguía dormir para ser despertado bruscamente por una alarma de coche –una de las cosas más inútiles que existen– o la otra más potente y brillante de la joyería de mi calle, o un maravilloso concierto perruno a cuatro voces. Era entonces cuando disfrutaba de uno de los mayores goces que se puede tener en la vida.

También echo de menos a mis conciudadanos, a ésos que después de estar tomando unas copas en la puerta del bar de abajo deciden a gritos, y durante una hora más, dónde ir después. Y a ésos otros que, tengan el coche que tengan, nos tienen que explicar a los demás que sus coches tienen pita y lo demuestran en todos los cruces, en todos los embotellamientos, creyendo que así van a ir más deprisa. Realmente fue una suerte conseguir aquella casa en la esquina.

Pero, sin duda, el mejor momento del día, y tenía varios, era cuando pasaba por delante de mi ventana una moto de esas que por no tener no tienen ni cilindrada pero a la que, a cambio, el fabricante se encargó de dotarle de todo el ruido posible, un ruido al que el arriesgado motorista conseguía sacar todo el partido posible.

Curiosamente, en la nueva placita de mi barrio casi nunca había ruido, porque no había nadie que lo produjera. Las plazas de mi ciudad están desiertas excepto cuando hay fiesta o carnavales; igual en ésta, entonces era cuando disfrutaba con la máxima expresión del ruido que allí se producía. Hasta las tres o las cuatro de la madrugada, los peores músicos del lugar desafinaban a todo decibelio para unos cientos de personas que bailaban y bastantes miles más que veían pasar las horas desvelados. Sé que muchos de mis vecinos lo consideraban una tortura –porque además a las ocho de la mañana había diana y al mediodía escala en hi-fi y por las tardes karaoke–, y se mudaban a otro sitio esos fines de semana o esas semanas enteras; yo no, yo lo consideraba la máxima expresión del placer y me quedaba a disfrutarlo.

De verdad echo de menos todo eso. Aquí en Tafira no hay ruido alguno. Ahora ya es por la tarde. También echo de menos el café de las tardes, pero no me dejan tomarlo. Dentro de poco vendrán otra vez los médicos a preguntarme si recuerdo lo que hice hace un mes. Dicen que entré en el Ayuntamiento con una señal de stop arrancada de mi esquina y destrozando todo a mi paso. Pero yo no consigo recordarlo, sólo recuerdo lo mucho que me gustaba el ruido de mi ciudad.

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Manuel Jesús Martín Hernández… 

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