Ilustración de Pep Tur

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Ultima Hora, FDS, 3 de enero de 2003

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El proceso de construcción de la Unión Europea sigue su camino.

Sería más fácil si tuviéramos un mapa del espacio-tiempo,

como esas cronologías que suelen traer las novelas de ciencia-ficción.

Ya sabe usted, en 2080 colonizamos la Luna, en 2150 Marte…

o dentro de doce mil años, el planeta Dune.

Como no hay un programa fijo, vamos dando bordadas según el viento que sopla, y lo único que está claro es que la unión monetaria ha sido un éxito. Si nos hubiera pillado el 11 de septiembre con aquellos famosos cambios más o menos variables, aún estaríamos recogiendo del suelo los trozos del sistema. Ahora el euro ya le aguanta el tirón al dólar. Con un poco de suerte tendremos una temporada de estabilidad. Eso es bueno para los negocios. El tiempo lo dirá.

Ya sabe usted que yo no soy profeta. Tampoco voy a aventurar pronósticos, porque la cantidad de variables que determinan la resultante histórica sobrepasa de largo mi capacidad de síntesis… incluso si tuviese acceso a suficiente información relevante y veraz. De manera que lo que sigue es una especie de carta a los Reyes.

En mi opinión, la parte económica de la construcción europea ya está en marcha. Los movimientos de capitales y empresas siguen su dinámica propia. Ya tenemos una moneda única… ¿Y ahora qué? El déficit que se detecta es político. Las instituciones europeas, por decirlo caritativamente, no proyectan una gran imagen pública. A nivel popular, tiene más peso la casa principesca de Mónaco que todo el Parlamento de Estrasburgo. No creo que eso se corrija en dos días. Tampoco veo que se estén dando pasos en esa dirección.

Y es que la futura Constitución europea va derecha a un arrecife que no sé cómo vamos a sortear. Técnicamente, cada Estado es soberano y está regido por una persona cuya autoridad sólo está limitada por las leyes de su propio país. Generalmente, las repúblicas eligen a ese primer ciudadano o ciudadana y le dan poderes para un período limitado. En el otro extremo, hay monarquías hereditarias cuyo Jefe del Estado no está sujeto – o sujeta – a los avatares de las elecciones. No sé con qué encaje de bolillos vamos a meter las dos cosas en un solo sistema político. Si no abolimos las repúblicas para restaurar monarquías, ni derrocamos a los Reyes para montar una unión federal, ya me dirá usted cómo limitamos los poderes de los soberanos sin lesión del componente mítico de cada Estado…

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