El Norte de Castilla, 18 de noviembre de 2007

Una pena que aquella desaparecida Generación del 98, algunos de cuyos miembros se subían a Guadarrama para mirar hacia aquí e imaginar soledades, para vislumbrar fantasmas de monjes y de guerreros muertos hacía siglos, para imaginar valores enterrados en la tierra como en estos días se ocultan las habas para que germinen con las heladas, no puedan ver el AVE que como un rayo plateado cruzará por la llanura rumbo a Valladolid desde Madrid, pasando por Segovia.

Tengo que confesar que siempre tuve mis reservas hacia aquellos escritores -hacia algunos- que en vez de imaginar personajes soñaban regeneraciones (lo del Regeneracionismo fue otra) espirituales y que cuando miraban esta Castilla tan ancha y tan plana (otro tópico, en esta meseta hay de todo, montañas y zonas verdes que compiten con las Asturias, con Cantabria, con el País Vasco con el que se confunde en el norte de Burgos) ignoraban los pueblos, las aldeas, las ciudades, la gente, en fin. No sé cómo habrían aceptado este tren que justo antes de la Navidad hará su entrada en Segovia y Valladolid. Demasiado rápido para su gusto, me temo; algunos preferirían -y prefieren- el trotecillo de Babieca a estos trescientos kilómetros por hora de velocidad punta.

Viene el AVE y con él se aproxima un profundo cambio. La tecnología, a medida que avanza, tiene cada vez más la facultad de modificar profundamente la vida. Sea por la universalización de esa tecnología, por la inmediatez con la que se accede a ella, porque todo lo de su alrededor queda supeditado a su presencia, lo cierto es que cada innovación tiene una profunda influencia en la vida diaria. El automóvil, por ejemplo, hace cosa de un siglo, tardó muchas décadas en generalizarse, en que todos tuviéramos acceso a él, circunstancia que no se ha dado con los teléfonos móviles ni tampoco se dará con la alta velocidad.

Cambiará la faz de nuestra tierra, de esta Castilla y León que en la mente de mucho tonto no es más que la ruta del Cid o el pueblerino que hace artesanales quesos de cabra. Dejemos esos tópicos de lado, dejemos en paz a los que cojan el AVE para venir a ver las ruinas de algún monasterio abandonado y pongámonos a trabajar para solucionar los inconvenientes que la llegada de esa tecnología acarreará. Porque, aunque los beneficios serán inmensos y esta Navidad pasará a la historia como una fecha clave en el devenir de nuestra tierra, también producirá unos desequilibrios que se hace urgente corregir.

En el caso de Segovia creo que resulta evidente que hace ya mucho tiempo que encontró lo que podemos llamar su destino definitivo. La ciudad del acueducto -ya sé, ya sé que es mucho más de lo que voy a exponer- se ha convertido en una especie de parque temático del ocio y la gastronomía merced a su cercanía a Madrid. El riesgo, ahora que la distancia queda reducida a menos de media hora a la capital, es que pase, además, a ser una especie de ciudad dormitorio, un lugar en el que la vida no alcance apogeo más que en los fines de semana. El cordero y el ladrillo obtendrán unas plusvalías enormes.

Valladolid florecerá como una rosaleda en junio y -ya lo es- se transformará en una de las grandes urbes del norte de España. El tren va configurando una nueva geografía: Madrid, en el centro; Sevilla, al sur; Barcelona -si es que algún día se concluye ese maldito trazado-, al este, y Pucela, en medio de ese territorio que une la costa nórdica con el centro. Ya viene sucediendo desde hace mucho, Valladolid es como un imán que congrega y que, a la vez, resta posibilidades a los que están a su alrededor. El AVE potenciará ese problema, aumentará la metrópolis y, si no se trabaja desde las instituciones para evitarlo, hundirá en la depresión al resto de poblaciones de Castilla y León.

La vida, el desarrollo, la actividad social y financiera son viajeras; les gusta un aeropuerto y una estación de trenes más que a un tonto un caramelo y Valladolid lo reúne todo para ser, sin duda alguna, el lugar de referencia del norte de España. Burgos, por ejemplo, tardará decenios en recuperar el retraso de esa línea ferroviaria.

No quiero ponerme apocalíptico, pero desde el Imperio Romano sabemos que los lugares que están fuera de las grandes vías de comunicación tienen muy pocas posibilidades de crecimiento y de supervivencia. Imagino que la Junta, previendo esta circunstancia venturosa de la llegada del AVE, tendrá elaborado un Plan Director para Soria, Zamora, Ávila, menos Palencia, más cerca de Valladolid. O se hace algo urgente o muchos lugares de nuestra autonomía desaparecerán definitivamente del mapa de la actualidad y se hundirán más en el olvido, en el hastío, en el abandono.

Propongo que el día de la inauguración del AVE los más altos cargos de la Junta no estén presentes en la estación de Valladolid. Para inaugurar cualquiera vale y que esa jornada histórica el presidente Herrera esté en Soria presentando los planes de actuación; el vicepresidente, en Zamora; Fomento, en Ávila, y así hasta alcanzar toda nuestra geografía.

Y León, ay León, la de estupideces que tendremos que oír y los reproches hacia Valladolid de ser una madrastra como la de la Cenicienta. Pero, en fin, brindemos por el futuro y lo hagamos rápido, que si nos demoramos la alta velocidad se llevará a muchos por delante.

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Tomás Val…

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