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Madame Bovary ya no trabaja aquí

Soy ciego  y  hoy comienza la primavera

Dun Laoghaire

Dejé de escribir hace años, cuando comprendí que carecía de un punto de vista original, de una voz narradora que se dejara escuchar por encima del ruido vigente. Afortunadamente, asumí esta certeza a tiempo, antes de colapsar frente a intentos vanos con la ayuda de mi trabajo, el ejercicio de la crítica literaria en un periódico de Madrid y otro de Montevideo, espacios donde ejerzo mi voluntad plena. Después de años de intentos estériles, de tantas frustraciones, asumí la imposibilidad de escribir, otorgué carácter de quimera a la creación de una obra de ruptura y descubrí, con esta actitud, que el fracaso no resulta una mala opción; es un buen recurso para sortear la crisis de contingencia. Si se entiende a tiempo que uno no puede dejar lo que le queda de vida tratando inútilmente de alcanzarse a sí mismo, se aprende algo importante para encarar el día a día:  Pretender alcanzar un ideal es una clara señal de energía, pero a la larga todo queda reducido a una tensión insoportable.

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Williamsburg

Caí en Williamsburg porque no tenía donde caerme muerto. Llevaba más de una década en Madrid trabajando en agencias de publicidad y en revistas que nunca superaban el segundo número. Había quemado las naves y no tenía fuerzas para encarar nada; tal era mi apatía que cuando surgía alguna oportunidad me abatía la posibilidad de que la oferta prosperase. Así pasé todo el verano. Cuando las hojas de los árboles del parque del Retiro empezaron a crujir bajo mis zapatillas me llamó Marcos.

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Gijón

Gijón es una pequeña ciudad que se ha ido acomodando alrededor de una bahía. El viento marino la arrasa durante el invierno boreal, menea en todas las direcciones a la lluvia impenitente y golpea sin piedad el Muro, un largo paredón que a modo de dique contiene la ciudad y a cuyos pies se extiende la playa de San Lorenzo.

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Los Quirquinchos

He vuelto a leer «Los Muertos» de James Joyce. A pesar de ser un relato breve cada vez que vuelvo a él, en esas pocas horas de lectura, descubro algo que antes no había percibido. Lo cierto es que ahora lo he entendido como un relato que trata de explicar el sentido de la vida y no como una mera interrogación sobre la muerte. Ambas cosas pueden parecer una misma cuestión, pero Joyce se encarga de que no lo sean.

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Copenhague

Llegué a Copenhague, convocado por un trabajo, hace unas semanas. En el par de días libres que me quedaron me lancé a vagar por las calles, cansado, después de varias jornadas con reuniones maratónicas que me tuvieron secuestrado en unas oficinas desde cuyas ventanas sólo se veía caer, todo el tiempo, la fina lluvia sobre los tejados.

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El umbral

( … )

David dice que hace dos años, en un vuelo que lo traía de regreso al país, hizo escala en el aeropuerto de una ciudad europea donde debía cambiar de avión para seguir viaje hacia su destino. El tiempo estimado de tránsito era de una hora, así que bajó con paso tranquilo, con el único cometido de comprar algunos periódicos, tomar un café y después dirigirse hacia la correspondiente sala de embarque. Pero ni bien salió del finger, anunciaron que la conexión tendría una demora significativa: razones operativas, aducían, postergaban la salida prevista del vuelo para última hora del día. Ante semejante anuncio decidió acercarse a la ciudad, almorzar allí y, si quedaba tiempo, volver a los sitios que frecuentaba durante su niñez.

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La memoria no siempre cambia de piel

Martín sacó de su mochila una libreta y de la libreta una foto: este es Santiago, me dijo, señalando a un muchacho con el pelo caído sobre la frente. Y este soy yo, indicó, apoyando el dedo sobre la imagen del otro joven. La foto está tomada a finales de los años sesenta en Buenos Aires, agregó antes de apoyar la foto en la mesa.

Estoy con Martín en Londres, en el Gordon’s, un viejo wine bar de Charing Cross, al que él se acerca todos los sábados. Hoy, como estoy de paso por la ciudad, lo llamé y me invitó a compartir su mesa.

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La situación

Vamos a suponer que el personaje tiene un nombre, Humberto Oliva. El hombre juega con un sobre de azúcar que no le ha puesto al café que ya tomó, mientras escucha a una mujer a quien, a partir de ahora, podemos llamar Lidia Borsani. Ambos llevan viviendo en alguna ciudad europea desde hace mucho tiempo, concretamente desde los setenta, época en la que se vieron obligados a abandonar otra ciudad, pero en este caso se trataba de una ciudad argentina.

Lidia, frente a Humberto, que la escucha con atención, expone una situación que él, pragmático, ya ha calificado para sí de paranoica. Lidia le está pidiendo que regrese a aquella ciudad.

Lidia ha perdido allí a un hermano. Se ha suicidado, dice, pero ella cree que lo han matado. Poseía campos. Estaba casado y no tenía hijos; la mujer se quedó con todo, afirma Lidia y argumenta: nos escribíamos mucho; era un hombre simple, sin complicaciones, ¿por qué iba a quitarse la vida?

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La espalda de una mujer

En Buenos Aires, hace años, viví en un departamento de la calle Azcuénaga, en un tramo tranquilo, entre las calles Juncal y French, en donde el tráfico era escaso y por la ventana abierta del segundo piso, en los meses cálidos, entraban las conversaciones y, aunque parezca irreal, el canto de los pájaros. Frente a mi edifico relativamente nuevo había otro en la vereda opuesta de línea clásica, con grandes balcones y ventanales. Mis ventanas se enfrentaban a uno de estos balcones, donde había un piano y una vieja profesora.

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La valija

Hace unos días me reencontré con un amigo a quien hacía mucho tiempo que no veía. Entre las novedades de nuestras vidas que nos contamos mutuamente, destacó el hecho de que él está conviviendo con una nueva pareja. Si bien en la vida de cualquiera esto representa algo significativo, en la vida de mi amigo lo es aún más: se trata de un hombre mayor que llevaba un par de décadas compartiendo techo con su anterior mujer después de haber roto todo vínculo afectivo o al menos sentimental con ella.

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Cuatro noches

Hace unos meses un grupo de amigos compartimos una larga charla nocturna en el hotel Riviera de La Habana. Estábamos sentados en círculo, alrededor de dos o tres mesas atestadas de tazas de café, botellas de agua y copas de ron en el bar del lobby, junto a un inmenso ventanal a través del cual se extendía, hasta donde la vista era capaz de seguirlo, el Malecón. La conversación era ligera, risueña y, cautiva de la atmósfera de la ciudad, se dejaba llevar con moderado gozo por la voluntad arbitraria de cualquiera de nosotros, cambiando de rumbo una y otra vez.

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El silencio y la luz

Recostado en la cama, en la que aún es mi habitación en la casa de mis padres, donde ahora me encuentro, en Rosario, observo al abrigo del tenue resplandor del amanecer, el barco que descansa sobre el mueble de la biblioteca. Es un velero con el casco azul y una banda roja que recorre todo su perímetro; una cabina verde cerca de la proa y un mástil barnizado enclavado en el centro de la cubierta, cuya altura, simétrica a la longitud de la eslora, es de unos dos palmos.

La luz que se filtra por las rendijas de la cortina que cubre la ventana lo abrazan a babor; el resto queda oculto y la pared, sobre la que se recorta, se hunde en la penumbra y simula un falso poniente.

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El malentendido

Las cortinas corridas dejaban que el tibio sol de junio bañara el dormitorio y se distinguieran las partículas flotando en el aire. Incómodo, sentado en una silla, la miraba a ella, incorporada en la cama, ojear la novela que le acababa de dar.

Escribo en tiempo pasado por convención, pero debería utilizar el presente porque esa imagen es evocada ahora en mi conciencia sin equívocos ni dudas, de la misma manera que no se pone en tela de juicio la certeza de una fotografía.

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La vida de una planta

Vas en el tren y alguien, una persona cualquiera, sentada en el asiento opuesto, frente a frente, te mira. Te das cuenta porque su reflejo en el vidrio de la ventanilla, hacia donde está orientada tu mirada, la delata. ¿Qué lee en tu rostro esa persona que lo observa?

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Las hermanas inglesas

En los últimos días del año, como es habitual, hay tiempo para demorarse con amigos. Me ha llamado la atención, entre quienes afectivamente me siento más cerca, el dolor que experimentan por desentendimientos sentimentales. Lo curioso, quiero decir, es que, de repente, parece que todos hablaran de lo mismo.

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Luz de invierno

Cuando la vi salir al patio, al frente del otro curso y los hizo formar detrás del nuestro, yo acababa de cumplir once años. Lo sé, porque nos habíamos mudado poco tiempo atrás a una casa nueva y eso acarreó el consiguiente cambio de colegio.

Aquella mañana, la primera vez que la vi, me llamó la atención que sonriera en lugar de mantener el gesto neutro de las demás maestras, mientras cantábamos la marcha Aurora. Tendría apenas veinte años, la edad en que, egresadas del Normal, las jóvenes maestras comenzaban a realizar suplencias antes de tener una plaza fija. Y a ella, le tocaba ocupar el lugar de otra maestra que según se dijo estaba gravemente enferma y tardaría meses en volver a la escuela.

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Una lágrima tuya en el cristal de la ventana

He cerrado el libro y escribo. Llevo tres horas de demora en el aeropuerto de Barcelona. Estoy frente a un gran ventanal. Ha dejado de llover y detrás del sarpullido del cristal, a lo lejos, se ve la franja azul, horizontal y oscura del mar, y por encima, la mancha ahora clara del cielo de un celeste luminoso y según gana altura, la coloración se disuelve gaseosamente en una tonalidad blanquecina. Parece un cuadro de Rothko.

Viajo a las islas, a una fiesta familiar, y como es un fin de semana largo hay miles de desplazamientos con sus obvios inconvenientes. La demora se mitiga con las sorpresas que depara el libro.

«Si quita usted la mentira vital a un hombre corriente, le quita al mismo tiempo la felicidad».

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La modificación

El verano boreal entra en el cuerpo del otoño y el frío y las primeras lluvias se retrasan. Pero el calor alterna con el regreso de la multitud y sus vehículos que colapsan las avenidas. Es raro.

Hace un par de semanas, tan solo, la ciudad apenas albergaba turistas y a los ocasionales ciudadanos que ya habían regresado de sus vacaciones.

En una de esas noches, cené con mi amiga Carmen.

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La hermana del cantante

En la casa de enfrente vive la familia de Baglietto, nos dijo un día José mientras tomábamos mate bajo el limonero. Mi amigo había cruzado la calle la noche anterior para poner una inyección o por alguna consulta médica de poca importancia. Me gusta la hermana, comentó.

Mi amigo trabajaba y vivía en una clínica de barrio, en Arroyito, muy cerca del estadio de Rosario Central. La clínica en realidad no era tal. Era una casa baja con muchas habitaciones y, al fondo, tenía un gran patio con limoneros y naranjos que remataba en el corazón de la manzana. Durante el día varios médicos atendían a los vecinos en las habitaciones convertidas en consultorios y durante la noche dos o tres estudiantes de medicina se turnaban para atender urgencias leves: poner una inyección, tomar la presión arterial o solicitar la presencia de algún médico en casos de fuerza mayor.

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Aristóteles ya no trabaja aquí

El hombre entró al despacho y, sin mediar palabra, se sentó en un escritorio, abrió su agenda y antes de comenzar a utilizar el teléfono me ordenó que me fuera. ¿Por qué?, pregunté. Me contestó apoyando el caño de un revolver en mi cabeza. A pesar de tanto cine, no podría precisar que tipo de arma era.

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La pantalla es una sábana blanca

«La generación que sigue a la mía ha visto hacer el amor en una pantalla antes de practicarlo en la cama», solía decirme Félix Reinoso.

Hace algunos años, mi amigo, el fotógrafo Alejandro Lamas, de regreso de un viaje a Argentina, me comentó que en Rosario había estado en una reunión con Félix, quien le dio un mensaje para mí. Como Alejandro es sincero y vacía sus bolsillos sin ambages, me contó el encuentro pero me advirtió que había olvidado el recado. Nunca consiguió recordarlo.

El tiempo pasó, yo estuve una larga temporada sin viajar a Rosario y en ese ínterin, Félix sufrió algunos trastornos graves de salud y fiel a su única religión, el carpe diem, desoyó a los médicos, continuó con sus hábitos y un buen día dijo buenas noches para siempre a los oyentes de su programa nocturno en la radio.

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Madame Bovary vuelve enseguida

El encuentro sucedió cerca de mí. Es real. Me lo contó un amigo que escuchó el relato por boca de uno de los dos protagonistas.

Un hombre de mediana edad trabaja en una consultora bursátil. Mientras sigue el flujo de la información de los mercados en la computadora, se toma de tanto en tanto un recreo -mi amigo dice que el hombre usó esa palabra- para hurgar páginas en la red. Uno de sus vicios -el sustantivo también es del narrador y mi amigo, otra vez, lo deja en evidencia- es leer los chats de contactos personales.

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El malestar de Praga

El día que mataron al sindicalista José Ignacio Rucci estaba leyendo «El artista del hambre» de Franz Kafka. Era un mediodía, en el que sentado en un banco de la estación de ómnibus esperaba a mi amigo Mario para ir juntos a remar al río. Mario iba al Politécnico y yo al Comercial Belgrano. Ninguno de los dos pensábamos ir al colegio esa tarde.

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La certeza de la luz

En octubre, en los años sesenta, cuando era niño, tenían lugar dos hechos muy importantes para mí: el inicio de la temporada de los barriletes y la aparición súbita de un enjambre de mariposas en el paisaje. Ambos fenómenos – el paso del tiempo no ha reducido su categoría, por eso mantengo el adjetivo-, ocurrían en Funes, en la casa de mis abuelos, en calles de tierra y campos abiertos al cielo.

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El pan de la locura

La pieza de pan voló de una mesa a la otra cruzando todo el salón. Cayó delante de Jorge Vidoletti pero no llegó a darle en la cabeza, objetivo ansiado por Eugenio Filipelli, autor de la acción.

Era el 10 de diciembre de 1983.

El presidente Alfonsín había asumido la presidencia esa mañana. Estábamos en Cosquín y el pan volaba en el salón de actos de un colegio en el que, durante el festival de teatro independiente, la municipalidad nos invitaba a comer a todos los elencos teatrales que veníamos de distintos lugares del país.

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La comida del Capitán Beto

Siendo breve, entonces, diré que el Capitán Beto era un conductor que un día cambió su colectivo por una nave espacial. En la nave, al igual que en el colectivo, llevaba un banderín del club de fútbol de sus amores, River Plate, y una foto de Carlitos Gardel. Más de quince años, perdido, surcando el espacio y protegido por un anillo que le ahuyentaba todos los peligros del cosmos.

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Me acuerdo

Me acuerdo de Jenny cada vez que veo un gato.

Me acuerdo del Valse De L’anguille Creuse de Pascal Comelade ejecutado con instrumentos de juguete.

Me acuerdo de un cuaderno de notas que le regalé a Carmen. En la portada tenía una viñeta de Adrian Tomime en la que una chica, ensimismada en la lectura de un libro, se pasa algunas estaciones de metro. Me contó Carmen, después, que al llegar a su trabajo, en la recepción le entregaron el sobre que yo le había enviado con el cuaderno. Volvía del médico y, ensimismada en la lectura de un libro, se había pasado algunas estaciones del metro.

Me acuerdo de una premonición.

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La ambulancia etíope

Mi amiga Mercedes, poeta y fláneur en estado de gracia permanente, me pasa una crónica de viaje que ha escrito para el periódico. Le digo, luego de leerla, que si fuera una crónica sentimental quizás me impulsaría a regresar al sitio que describe y en el que estuve hace unos meses. Molesta, me responde que se trata de texto sentimental.

¿Dónde ponemos ese adjetivo?

Sergio Renán lo usó una vez para bautizar con mala fortuna su versión fílmica de la novela Los Desangelados de Geno Díaz. Un buen libro del género negro; una película innecesaria. ¿Por qué Renán le habrá puesto «sentimental»?

Marcelo, un amigo que murió hace un par de años, me la pidió un día. La encontré en una tienda de videos, en la calle Riobamba, durante un viaje a Buenos Aires. Marcelo era muy amigo de Renán y cuando supo que éste tenía pancreatitis y que su vida corría serios riesgos, tuvo la necesidad imperiosa de ver la película. Tal vez la quería para trascender la muerte anunciada del amigo, elaborar un duelo previo y quedarse para sí una versión sentida pero leve de la clausura. Formas de la educación sentimental de Marcelo, muy cercana a los personajes de Chejov que como Bloom afirma, a pesar de saber la verdad, la verdad cruda y sin analgésico alguno, hay que tratar de alcanzar cierta alegría.

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El viento de la vida

Nada de esto vendría a mi memoria ahora si no fuera porque acabo de leer la última novela de Antonio Muñoz Molina, El viento de la Luna, en la que un adolescente narra el vuelo de la Apolo XI desde su despegue en Cabo Cañaveral el 18 de julio hasta el alunizaje, tres días después. Setenta y dos horas de contrapunto entre el diario vivir de este joven en una ciudad española bajo la oscuridad del franquismo y una de las mayores aventuras del hombre. La voz del joven no es la suya, claro, es la del adulto que está recuperando la memoria, que está acercándose a su padre.

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La ballena sorda

Ahora que lo pienso, este verano no escuché a Julio Iglesias. Entre el club Náutico y Rosario Central había por entonces un arenal y en el arenal, un astillero. Nosotros bajábamos a media tarde y nos instalábamos debajo del casco de un barco que se sostenía en pie sobre unos soportales de madera enterrados en la arena. Éramos la cría de esa ballena inmóvil que nos cobijaba y protegía del sol y de las miradas adultas. Si no nadábamos, bajo su panza de hierro oxidado dormitábamos, bebíamos vino blanco, tocábamos la guitarra y cantábamos…

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La isla de las lágrimas

Ellis Island, apodada la Isla de las Lágrimas en todas las lenguas de Europa, era el lugar de recepción de los inmigrantes. Entre 1892 y 1924, unos dieciséis millones de personas pasaron por ella, a razón de cinco mil por día. Sólo un dos o tres por ciento era rechazado. No parece mucho, pero representa unas doscientas cincuenta mil personas. Y según consta, tres mil de ellas se suicidaron…

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La tristeza de las muñecas rusas

Una amiga que cumple años dentro de unas semanas me dice que se regalará unos días en un hotel, en cualquier ciudad, con la intención de leer. Me voy a encerrar, me dijo. Alguna vez lo hice yo, claro que sin que el propósito original fuera ese sino convocado por algún trabajo tedioso y con la suerte a mi favor, me escabullía un día o dos refugiándome en la habitación para leer, dormir y mirar el paisaje desde una ventana. Avanzas así, como en una espiral, por una introspección de la que no esperas mucho y que al final sólo te deja la nada que apuntaba Lorca: todas las cosas cuando buscan su centro descubren su vacío…

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El miedo

No quería escribir de esto pero se escribe solo. No pienses en la estupidez esa de que los textos se escriben a sí mismos, la historia dicta su propia voz o los personajes imponen su voluntad. No. Para empezar no hay personajes, sólo unos amigos y si hay una historia, entonces sí: contarla de una vez para poder ponerse a pensar en otra y así olvidarla…

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Piedras en el camino

No recuerdo si lo leí en un texto suyo, en una entrevista que le hicieron, o me lo contó ella, lo cierto es que alguna vez Angélica Gorodischer dijo o escribió que el único olor que no soportaba era el de la muerte. Lo que sí recuerdo es que me llamó la atención porque a mí me molestan casi todos los olores y me pareció curioso que ella singularizara ese, precisamente, que yo nunca había sentido. Pero siempre hay una primera vez…

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Esto no es un barco rojo

Mi amigo E se separó el año pasado de su mujer. Cuando estuve con él en enero, en mi visita a Rosario, me contó que una tarde comenzó a escribirse con una mujer a través de un chat. Ella, escudada en el velo del anonimato, sólo dejaba traslucir que era psicóloga. Una mañana en la que dialogaban a través del chat, la mujer escribe: «En este momento veo pasar un barco rojo»…

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Romántica

Cuando tenía diez años mis padres me llevaron a Europa por primera vez. Viajamos en el Giulio Cesare, un trasatlántico italiano que se convirtió en los quince días que duró el viaje en el centro de operaciones lúdicas más estimulante que un niño jamás hubiera llegado a imaginar. Por aquellos días no podría haber aspirado a más. Mi madre no pensaba igual: temía perder a su hijo mayor en alta mar…

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Un día peronista

Muchos de mis amigos, decía, son peronistas. El peronismo, a su manera, es una gran familia. Y al final, puede que lo sea el país. ¿Se acuerdan de aquel personaje de Soriano al que acusan de marxista y asombrado exclama que eso es mentira, que él nunca se metió en política porque siempre fue peronista? A veces tengo la sensación de que a mí me pasa exactamente lo contrario: al no ser peronista, puede que nunca me haya metido en política…

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Hoy va de Yeats

Sin saber por qué, un día empecé a viajar a Irlanda.

Llegué por primera vez en el año 2000, un octubre frío y neblinoso, movido por la curiosidad de lo nuevo y el secreto morbo de una afirmación de mi amigo José Pintón: Dublín es como Rosario, pero hablan en inglés. No es que no me alcanzara con una versión de Rosario, pero no conseguía imaginar la conexión. Una vez en Dublín, comprendí: es una ciudad del interior que confundió su vocación. Si uno compara la capital irlandesa con Londres, tiene la misma perspectiva que existe entre Rosario y Buenos Aires…

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Madame Bovary ya no trabaja aquí

Soy ciego y hoy comienza la primavera

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