Ultima Hora, 24 de diciembre de 2003

Dedicado a Pepita

En alguna ocasión me ha preguntado usted por qué no me «meto en política», para poner en obra todas esas ideas sobre administración única en Eivissa, cambio del modelo de movilidad, enlace fijo a Formentera, accesibilidad, sostenibilidad, y todas las demás idades.

Y yo le he respondido siempre que esa pregunta implica un debate filosófico previo sobre los principios, los medios y los fines lícitos de la actividad pública, es decir, de la política y de la administración.

Hoy, si usted quiere, podríamos reflexionar un poco sobre todo eso.

Las escuelas filosóficas del mundo occidental tienen su fuente en la Grecia clásica. Los pensadores griegos ya dejaron planteados los problemas centrales del ser humano, de su esencia individual y de sus relaciones con la sociedad y con el Ser Supremo. Tal vez sus soluciones no sean demasiado útiles ahora mismo, pero si no intentamos responder a esas preguntas fundamentales no llegaremos muy lejos en el camino del conocimiento.

Aquí y ahora, los conceptos filosóficos suelen partir del individuo. Las bases del pensamiento oriental son diferentes. En el Japón, por ejemplo, el clan familiar preexiste a la persona y su supervivencia siempre pasa por delante de la vida de los individuos. Eso no es una costumbre antigua y olvidada, cosa de los tiempos de los samurais… Sigue ocurriendo ahora mismo.

Descartes formuló esta base individual de nuestro pensamiento en su famoso «Cogito, ergo sum»: pienso, luego existo. Algunas variantes:

«Como pienso, luego engordo».
«Compro, luego existo».
«Pienso, luego Descartes existe».
Y «last but not least», «Coito, ergo sum»,

Los occidentales podemos actuar como individuos o como miembros de un grupo. Tanto en un caso como en otro, es importante tener unos principios de conducta. Las religiones les asignan un origen trascendente, y los hacen derivar de la existencia de un Ser Supremo y, con frecuencia, de una revelación escrita. Las ideologías laicas no recurren a un fundamento metafísico. Cada grupo social definido o definible propone una guía de conducta, para sus componentes o para todos los individuos. Esos códigos morales suelen regular, entre otras mil actividades públicas y privadas, lo que postula el grupo sobre los principios, los medios y los fines lícitos de la actividad pública, es decir, de la política y de la administración. Nos hace falta creer que hay unos valores fijos, aunque no sean inmutables. Si uno se convence de que no está en lo cierto, tiene la libertad de cambiarlos. De sabios es mudar de opinión. Bueno, a veces resulta difícil distinguir entre la honesta evolución de las ideas y eso que se ha dado en llamar transfuguismo…

Aquí y ahora, mi hipótesis de trabajo es que «la raíz del mal es el culto al becerro de oro». De un lado de la línea divisoria están quienes actúan como si la medida y patrón de todas las cosas fuera la unidad monetaria, y del otro todos los demás. Ciñéndonos al modelo de movilidad, la base y sustancia del que padecemos es el dinero. Las vidas humanas están subordinadas a ese supremo valor. La mayor o menor seguridad del transporte se reduce a un problema económico. Sólo se complica cuando las compañías de seguros se niegan a cubrir los riesgos de los taxistas o los motociclistas. Por todo eso, lo único que puedo decir a los adoradores del becerro de oro es que repasen bien las cuentas, porque ese modelo de movilidad ya no cuadra ni siquiera en los términos más inhumanos de relación coste / beneficio.

Y tampoco es fácil entenderse con los que tienen otros valores. Hay una gran variedad de actitudes filosóficas, conscientes o inconscientes, que son o deberían ser los principios de nuestras actividades públicas. Aquí tiene usted una cita de Tolkien:

«I am not altogether on anybody’s side because nobody is altogether on my side, if you understand me: nobody cares for the woods as I care for them ( … ) And there are some things, of course, whose side I am altogether not on; I am against them altogether: these – burárum (he again made a deep rumble of disgust) – these Orcs, and their masters.» No estoy del todo del lado de nadie porque nadie está del todo de mi lado, si me entendéis: nadie se ocupa de los bosques como yo ( … ) Y hay algunas cosas, desde luego, de cuyo lado no estoy en absoluto; estoy del todo contra ellas: estos – burárum (de nuevo hizo un profundo murmullo de disgusto) – estos Orcos, y sus amos.

En última instancia, toda acción es individual, porque los motivos de cada persona le son propios. Es más fácil que nos pongamos de acuerdo contra algo, «contra estos Orcos y sus amos», que a favor de algo.

Sobre los medios, para mí es indiscutible que ni principios ni fines los justifican, por elevados que sean o parezcan. Los medios ilícitos los corrompen. No importa poner ejemplos.

En cuanto a los fines, hay quienes se «meten» en política exclusivamente por dinero. Algunos entran por lo del poder, por forzar a otras personas a hacer algo contra su voluntad. Otros, por seguir tradiciones familiares. Otros más, por defender los intereses de tal o cual grupo de presión. Y es posible que alguno lo haga por promover unas ideas. Mis fines no han variado sustancialmente desde que los publiqué en «Proa», el 3 de julio de 2000. Quiero cuatro cosas:

«Una, un pase vitalicio para viajar gratis (en todos los medios de transporte de la Compañía) siempre que me venga en gana (…). Dos, un permiso perpetuo para entrar de visita en todas las dependencias de la empresa. Tres, que los aerobuses y las estaciones (y el resto de los elementos fijos y móviles del sistema) tengan nombres, y ponérselos yo. Y cuatro, un epitafio que diga que hice algo para evitar que las personas se maten en accidentes de tráfico. Como puede usted ver, no son móviles altruistas. Ni siquiera el último. Por razones que no hacen al caso, los funerales me ponen enfermo. Si son de víctimas del automóvil, más».

Para mí, la administración única en Eivissa, el cambio del modelo de movilidad y el enlace fijo a Formentera sólo son medios.

Otro día, si le parece bien, podemos hablar de los puntos de vista de usted sobre los principios, los medios y los fines de su acción pública. Tal vez nos pongamos de acuerdo a favor de algo, o contra algo. Ya es hora de dejar de una vez de hablar de todo esto y pasar a la acción.