Fernando Argenta y Araceli González Campa

 

(Ultima Hora, FDS, 4 de octubre de 2002)

A mí me gusta la música. La hay de muchos tipos. Unos me agradan más que otros. La que solemos llamar “clásica” es sólo una parte del inmenso repertorio disponible. Y cuando profundizamos un poco, vemos que la música culta comprende a su vez una gran variedad de estilos.

Yo no soy ningún entendido en la materia. Lo poco que sé lo he aprendido escuchando “Clásicos Populares” en Radio Nacional. Es un programa diario que sigo siempre que puedo. Es muy importante saber cuándo lo emiten, porque no siempre es compatible con mis obligaciones y con el resto de mis devociones. Por eso me ha llenado de alegría el último cambio de horario, de tres a cuatro de la tarde, porque aumenta la probabilidad de que consiga oír al menos el final.

Este programa es el más antiguo de Radio Nacional, con más de veinticinco años en antena. Esto se consigue con buenas “recetas”, magistralmente preparadas por unos excelentes “cocineros”. Los locutores son Araceli González Campa y Fernando Argenta. El contenido del programa es muy variado, pero siempre de buena calidad. Piense usted que escogen algo menos de cinco horas de música a la semana entre todo lo que llega cada día a la discoteca de RTVE… y entre sus archivos, que deben ser como para perderse.

Fernando es hijo de Ataúlfo Argenta. Por eso conoce personalmente a todo el “Who’s Who” de la música clásica en este país y buena parte del extranjero, desde que venían a su casa a visitar a su padre. Y a los de la más, digamos, moderna, también. Sólo con sus propias anécdotas hay con qué hacer una sección del programa. Y no sería la menos interesante.

Araceli y Fernando congenian bastante bien. Por lo general, Fernando hace bromas hasta que Araceli se ríe. Tiene una risa “de buen rollo”, musical, contagiosa, única… Los oyentes la reconocen cuando se ríe, por ejemplo, en un aeropuerto.

Sigue un ejemplo de lo que puede encontrar usted en “Clásicos Populares”. Como es natural, los compositores no escriben sus obras de un tirón. Hoy anotan una idea, otro día un tema, luego vuelven sobre el asunto, desechan una parte, rehacen otra… La inspiración existe, pero vale más que nos encuentre trabajando. Beethoven escribió varios finales diferentes para su Novena Sinfonía. Los musicólogos encontraron ese material y lo han publicado. Lo que Beethoven no juzgó bastante bueno para su partitura definitiva puede ser mejor que las obras que otros músicos con menos talento nos han ofrecido con un éxito razonable. Una orquesta grabó esos fragmentos inéditos. Araceli y Fernando nos presentan esta música fascinante, y nos descubren que la Novena es aún más grande de lo que creíamos. Sólo habíamos visto la punta del iceberg. Esto es sólo un ejemplo – entre muchos otros – de la “información privilegiada” que nos da “Clásicos Populares”. Es un verdadero lujo, y sin cortes publicitarios.

Cuando toque inaugurar algún auditorio en Eivissa, tal vez pueda convencerlos para que hagan un programa desde aquí. Si ya es usted oyente, supongo que me ayudará. Me encuentra en:

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Ilustración de Pep Tur

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Soy oyente de Clásicos Populares desde la época de Carlos Tena. Sigue un párrafo entresacado de una carta al programa.

“Es una feliz coincidencia que Montserrat Caballé cumpla los años el mismo día que “Clásicos Populares”. Yo estoy en deuda con ella. A mí, cuando era más joven, la ópera no me importaba un pito. Vivía en Barcelona, mi conocimiento de la música clásica (y de la música en general) era muy limitado y prefería las piezas para orquesta sin cantantes, o solos instrumentales, con o sin acompañamiento. Ahora entiendo un poco, gracias a Clásicos Populares, y además me gustan los cantantes.

La cosa ocurrió así: mi madre tenía dos entradas para el Liceo y le fallaron todos sus recursos habituales, así que Juan Manuel se puso la chaqueta de pana y las botas de guardia civil y se metió en un taxi con su amatxo, dispuesto a aburrirse estoicamente durante toda la función. Total que empezó aquello, y no estaba tan mal: era la “Vestale”… con la Caballé. Poco a poco iba yo entrando en calor. Entonces ella se puso de rodillas y cantó un aria. Fue como si me quitaran una venda de los ojos. Era testigo de un prodigio. Paró de cantar, el teatro se puso de pie y aplaudimos todos como locos. No sé lo que duró. Os escribo y estoy llorando al revivir aquello. Fue inmenso. Aquella noche me rompió totalmente los esquemas. Es un portento. Es una maravilla. No he tenido oportunidad de oírla otra vez. Espero que la vida me depare al menos otra ocasión”.

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No sé si leéis “Hola”. El 12 de agosto de 1994 publicaron un chiste gráfico de este niño terrible que se llama Sempé. Un director de orquesta se dirige a los profesores en los siguientes términos:

“Ludwig van Beethoven escribió esta sinfonía en un momento de profundo desánimo. Esta obra contiene movimientos de una lucidez cercana al desasosiego, pero también movimientos de esperanza y de orgullo. Orgullo propio de la naturaleza humana, que es esencial comunicar, como les he explicado frecuentemente en nuestros numerosos ensayos. Ayer por la noche, en un movimiento de esperanza, escuché las cintas de nuestros ensayos. Tuve un momento de lucidez cercano al desasosiego. Después, en un movimiento de orgullo, escribí, cediendo a un momento de profundo desánimo, mi carta de dimisión”.

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