El desafío de Kyuzo en “Shichinin no samurai” (Los siete samurais), de Akira Kurosawa

El año termina, como de costumbre, con las campanadas de fin de año. La gente se reúne para divertirse casi por obligación, y el momento culminante viene con la ingesta de las uvas. Parece obligado pasarlo bien esa noche y, además, en compañía. Desde hace ya bastante tiempo me ha parecido una costumbre bastante absurda por lo que tiene de obligatoria. Se celebra en todo el mundo y en todas las culturas; no siempre en la misma fecha, pero lo hacemos todos los pueblos de la Tierra.

Todos cumplimos con dos ritos cada 365 días: nuestro cumpleaños y el fin de año. Uno, individual, lo hacemos rodeados de gente que – normalmente – se alegra por tí; el otro, colectivo, lo hacemos alegres por todos, por el grupo. La masa. La tribu. ¿Y qué cuernos celebramos? A mi entender, la supervivencia.

¿Recuerdan los duelos de las películas del oeste americano? Dos pistoleros se enfrentan el uno al otro, mirándose fijamente, hasta que uno desenfunda y se lían a tiros. A mí, particularmente, me gustan más los duelos a espada japonesa. Normalmente, el golpe fatal se da con el desenvaine. Esto explica que los samurais se tirasen largo rato evaluando al adversario mirándole fijamente a los ojos. Difícilmente se entablaban combates de varias estocadas y paradas. Y si uno quería abandonar, quedaba deshonrado pero vivo. Con una pistola siempre te pueden disparar por la espalda.

La muerte no va armada con un sable japonés; no al menos cuando se enfrenta a las masas. Celebramos el fin de año porque hemos escapado a su siega, y por eso tenemos tendencia a desmadrarnos al menos por un día. Es algo similar a lo que hacían los combatientes tras una batalla (los victoriosos, claro): descargar la desesperación, el miedo y la angustia tras un año de guerra y sinsabores. Al fin y al cabo, nos hemos librado y estamos vivos, ¿no?. Pues, ¡a celebrarlo!

Pero el cumpleaños, ¡ah, amigo!, eso es otra cosa. Se trata de la victoria individual, cara a cara. Allí ella sí lleva una katana. Y te mira fijamente a los ojos, esperando el momento del desenvaine. A veces, porque ella se equivoca, no lo olvidemos, relucen las espadas y salvas la vida. Pero eso es poco habitual; lo normal es que a la primera acabe contigo. Por eso estás tan contento de que tarde en desenvainar. Años.

Es la única vez en la que el público se alegra de que el partido no comience. Nunca aceptamos el desafío. Sabemos qué ocurrirá…

Génova (Palma de Mallorca), 8 de enero de 2002

JOTA (José Manuel Romero – Palma de Mallorca)