Palabras en la tumba de los españoles

Cementerio Presbítero Maestro, 21 de abril del 2015

C. de f. (r) Jorge Ortiz Sotelo (Ph.D.)

 

Sr. Jorge Sánchez Rodríguez ministro consejero de la embajada de España en el Perú,

Sr. capitán de navío Enrique Torres Piñeyro comandante del buque escuela Juan Sebastián de Elcano.

Sr.  c. de n. Ignacio Villarubia, agregado de defensa de España en el Perú.

Sr. Juan González Samperio, presidente de la Sociedad Española de Beneficencia

Oficiales, dotación y guardiamarinas del «Juan Sebastián de Elcano»

Agregados, damas, caballeros

 

Sean mi primeras palabras para agradecer la invitación que me hiciera, hace ya algún tiempo, el agregado de defensa español en el Perú, c. de n. Villarubia para hacer uso de la palabra en este homenaje a los marinos españoles que cayeron en la batalla del Callao, el 2 de mayo de 1866, defendiendo los colores de su patria en una lamentable conflagración que también enlutó muchos hogares peruanos.

Como todo conflicto, el que llevó a esta acción de armas fue fruto de un complejo proceso que trataré de explicar muy brevemente.

Si bien el Perú había sellado su independencia en los campos de Ayacucho en 1824, no se había suscrito un tratado de paz y amistad con España y, en consecuencia, no existían relaciones diplomáticas entre ambos países. En este contexto, la participación española en la intervención europea en México y la reincorporación de Santo Domingo a la soberanía española, en 1862, llevaron a que varios países hispanoamericanos mirasen con suspicacia la presencia de cuatro naves de guerra españolas en aguas del Pacífico. Al mando del general Luis Hernández Pinzón, esta fuerza transportaba una comisión científica y a la vez mostraba la recuperación española a sus antiguas colonias, pero algunos incidentes con el gobierno peruano llevaron a que se tensaran las relaciones. Sin representantes diplomáticos que atenuaran la crisis, el 14 de abril de 1864 Pinzón tomó posesión de las islas de Chincha, y aunque su propósito era presionar al gobierno peruano a aceptar determinadas demandas, en su proclama anunciando dicha toma señaló que las reivindicaba a nombre de su gobierno.

Obviamente, este hecho generó una práctica situación de hostilidad entre Perú y España, motivando también actos de solidaridad continental que fueron particularmente duros en el caso chileno. Lo cierto es que, mientras la Escuadra del Pacífico era reforzada, el gobierno peruano mandaba construir y adquirir naves en el exterior, comprendiendo que con los medios disponibles no podía recuperar las referidas islas. Tras largas negociaciones, a principios de 1865 el general José Manuel Pareja, sucesor de Pinzón y limeño de nacimiento, suscribió un acuerdo con el gobierno peruano que puso fin a esa crisis pero inició otra.

En efecto, el acuerdo fue rechazado por grandes sectores en el Perú, dando origen a una guerra civil que duró hasta finales de 1865 y conllevó el establecimiento de un nuevo gobierno. Mientras esa guerra civil tenía lugar, la Escuadra del Pacífico se dirigió a Chile para exigir explicaciones por la actitud que ese gobierno había asumido durante la crisis con el Perú. El gobierno de Santiago se negó a darlas y el 24 de setiembre de 1865 Pareja declaró bloqueado su litoral, iniciándose un nuevo conflicto en el que muy rápidamente se vería involucrado el Perú.

Luego de la pérdida de la goleta «Covadonga», capturada frente a Papudo el 26 de noviembre, y del suicidio del general Pareja, el mando de la Escuadra del Pacífico recayó en el brigadier Casto Méndez Núñez, comandante de la recién incorporada fragata blindada «Numancia». Poco después, el 13 de diciembre, el nuevo gobierno peruano declaraba rotas las hostilidades con España, despachando cuatro de sus naves al sur de Chile para unirse a la pequeña división naval chilena y quedar a la espera del arribo de dos blindados peruanos que se habían construido en Inglaterra. La división aliada, estacionada en Abtao, fue atacada el 7 de febrero de 1866 por las fragatas «Villa de Madrid» y «Blanca», produciéndose una acción en la que ninguna de las partes sufrió daños significativos.

Luego de esta acción, ante la imposibilidad de neutralizar a la división aliada y siguiendo instrucciones de su gobierno, Méndez Núñez procedió a bombardear Valparaíso, el 31 de marzo de 1866. El puerto había sido desartillado, por lo que los comandantes de las fuerzas navales extranjeras presentes en él se opusieron a que se llevara a cabo dicha acción, amenazando incluso a usar la fuerza para evitarlo, recibiendo la conocida respuesta de Méndez Núñez: «España prefiere honra sin barcos que barcos sin honra».

Concluido el bombardeo de Valparaíso, que mereció fuertes críticas en la prensa internacional, la Escuadra del Pacífico debía proceder a hacer lo mismo en el Callao. Pero a diferencia de lo sucedido en Chile, el Perú sí estaba decidido a rechazar el ataque español. La defensa del puerto congregó no solo a las fuerzas navales y militares peruanas, sino a gran número de ciudadanos tanto del Callao y Lima, como de otras partes del país e incluso de otros países hispanoamericanos, en una actitud de rechazo a lo que se consideraba, erradamente por cierto, un intento de reconquista español.

Lo cierto es que al momento de llegar a la bahía del Callao, a fines de abril, las defensas del puerto se habían organizado en tres núcleos. En la zona norte se ubicaban dos baterías, una torre blindada y un fuerte, con 15 piezas de artillería en total; la parte central estaba defendida por una división naval formada por cinco pequeños vapores, dos de ellos blindados localmente, con 13 cañones en total a los que se sumaba una pieza de 500 libras en tierra; mientras que en la zona sur se distribuían 34 cañones en tres baterías, dos fuertes y una torre blindada. Complementaban las defensas una batería con 6 cañones que miraba hacia la bahía de Chorrillos. En torno al puerto se desplegaban varios batallones de infantería, así como unidades de caballería y artillería de campaña para rechazar un hipotético intento de desembarco. Además la bahía había sido parcialmente minada e incluso se había llevado a cabo un primer intento por construir una nave submarina para destruir los buques españoles.

La Escuadra del Pacífico estaba conformada por seis fragatas, una de ellas blindada, una corbeta y varios buques auxiliares, pero solo las naves de guerra tomaron parte en el bombardeo del 2 de mayo.

De esa manera, aquel día se enfrentaron 252 cañones españoles, la mayor parte de los cuales era de 68 libras, contra 63 piezas peruanas, entre ellas 5 de 500 libras y 4 de 300.

La acción se inició hacia las 12:00 y durante los primeros 90 minutos ambos contendientes se empeñaron con suma intensidad, resultando de ello la avería y repliegue de los buques españoles asignados a la zona norte de la bahía, así como el retiro temporal de la Almansa y el impacto sufrido en la Numancia que hiere a Méndez Núñez. En el lado peruano, en la zona sur estalló la torre de La Merced, muriendo en ella el ministro de Guerra y Marina y varios sirvientes de las piezas. Entre las 13:30 y 16:40 horas la intensidad de los fuegos disminuyó de modo sustancial y los buques peruanos efectuaron dos salidas, intentando torpedear a las naves españolas. Hacia las 17:00 horas los restantes buques españoles se retiraron de la línea de combate para reunirse con el resto de la Escuadra en la isla San Lorenzo.

Las bajas peruanas no han sido determinadas con exactitud, pero es muy probable que el número de muertos se ubique en torno a las dos centenas. Por otro lado, en los buques españoles hubo 43 muertos, además de heridos y contusos.

Sobre los resultados de la acción hubo, como es comprensible, distintas apreciaciones. En el caso peruano, se afirmó que la poderosa flota española se había visto obligada a retirarse del combate, derrotada y humillada y sin haber sido capaz de acallar a las defensas chalacas. En el caso español, se consideró que se había castigado de manera contundente al puerto, sin sufrir daños significativos. A la distancia, podemos resumir que el resultado de la acción favoreció al Perú en la zona norte, a España en la zona sur y que la parte central se logró un equilibrio en la acción. En síntesis, la victoria distribuyó sus favores a ambos contendientes.

Concluido el combate, y ya en su fondeadero en la isla San Lorenzo, la Escuadra debió rechazar un intento de ataque peruano, enterrar a sus muertos, atender a sus heridos y hacer reparaciones urgentes antes de emprender el retorno a España, una parte por vía de Manila y la otra por el Atlántico Sur.

El lugar de enterramiento fue mantenido en secreto, hasta que en 1882 la Sociedad Española de Beneficencia se interesó en ubicarlo para trasladar los restos de los caídos en esa acción al cementerio de Lima. Tras algunos intentos infructuosos, lograron ubicar a Gabriel Huertas, el farero de la isla San Lorenzo que había presenciado el enterramiento después del combate, siendo gracias a su ayuda que se pudo ubicar el lugar y proceder a exhumar los restos. En el marco de una sentida ceremonia naval, dichos restos fueron llevados a tierra y luego trasladados a este lugar, dejando en San Lorenzo una pirámide trunca para marcar el lugar donde habían estado.

La Sociedad Española de Beneficencia erigió el mausoleo inicial, que fue reemplazado por el actual, construido por el Ministerio de Marina español, e inaugurado en 1966 con ocasión del centenario de la batalla del Callao, con presencia de altas autoridades peruanas y españolas. Posteriormente, en 1994 y en 2012 fue reparado por José Ramón García Martínez, un peculiar madrileño y fraterno amigo, recientemente desaparecido, sobre quien me gustaría decir un par de palabras.

Siendo aún joven, llegó a Lima por primera vez a mediados de los años 80, decidido a investigar hasta los últimos detalles de las actividades de la Escuadra del Pacífico. En sucesivos viajes, tanto al Perú como a otros países sudamericanos, y mostrando una perseverancia rayana en la obsesión, José Ramón revisó cuanto documento había sobre ese complejo tema, y a partir de la década siguiente, con notable perseverancia, comenzó a publicar los resultados de su investigación, mereciendo un eventual premio Virgen del Carmen.

Uno de los temas que más le interesó fue justamente esta tumba, que por diversos motivos había caído en un inmerecido descuido. Habló con todo aquel que tenía que ver con su conservación y, finalmente, optó por emprender su restauración, que culminó en 1994. Tras varios años de ausencia, retornó a Lima hace unos 3 años y, como era de esperar, volvió a emprender un meritorio esfuerzo de restauración de la tumba, que culminó en agosto del año pasado.

Cumpliendo los sagrados deberes de la amistad, me tocó apoyarlo en este y otros esfuerzos que emprendió, y aunque recurrentemente discutíamos sobre el combate del Callao y la campaña de la Escuadra del Pacífico, cada uno desde su particular punto de vista. Lo concreto es que ambos sentíamos un profundo respeto por los hombres que hoy yacen en esta tumba.

En agosto del año pasado, una vez culminados los trabajos de refacción de la tumba, José Ramón vino a Lima para colocar una pequeña corona de flores en el interior de la tumba, corona que mandamos hacer a muy corta distancia de acá.

En esa ocasión no hubo discursos, solo un español y un peruano rindiendo homenaje a quienes cayeron en una acción de armas en la que ambas partes dieron muestras de valor y se sintieron vencedores.

Hoy, en presencia de los compañeros de armas de quienes acá yacen, resulta pertinente reiterar ese homenaje a su memoria.

José Ramón García Martínez…