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A orillas del Urola, más hacia la costa, está Cestona, con su concurrido balneario. En Cestona hace más de medio siglo estuve yo de médico. Tenía el pueblo el casco antiguo en otro tiempo rodeado por la muralla, en torno a su iglesia, y alguna que otra casa al borde de la carretera. Parece que esta villa fué pueblo viejo, conocido por los romanos, y que el anónimo de Rávena llama Cistonia y Cestonia, y dice que está cerca del río Deva. «Cestone a Deva fluvio versus orium». Está más cerca el Urola, pero el Deva tampoco queda lejos.

Cuando fui allá a ejercer la medicina, empecé a sentirme vasco, y recogí este hilo de la raza que ya para mí estaba perdido. Cuando quiero recordar y cierro los ojos todavía me represento el caserío del pueblo desde el otro lado del río Urola.

Enfrente veo un monte pedregoso y sin árboles llamado Erchina, con aire amenazador. A sus pies el caserío, a lo largo de la carretera. A la izquierda la torre de la iglesia, saliendo por encima de un grupo de viviendas, entre ellas Naranjadi, la del político del tiempo de Isabel II, don Pedro de Egaña, y luego otras varias más en fila; el hotel donde yo viví con su tejado de cuatro vertientes y dos galerías de cristales; la casa del otro médico, y una venta alta en la falda de un monte, llamada Venta Catiu.

Más abajo unas huertas y luego el río, con su puente, y cerca una presa con las aguas llenas de espuma. En las proximidades de Cestona se encuentran sitios y paisajes agradables. Entre ellos recuerdo una hondonada del monte Aguiró, la perspectiva del Izarraitz y el camino a Lastur.

En la otra orilla del Urola había, por lo menos cuando yo estuve allí, un depósito cuadrado de agua, muy profundo, con unas ramas verdes, pálidas, que comenzaban en el fondo y sacaban una hojita a la superficie exterior. En las afueras, en un barranco por donde pasa el Urola, barranco que en vascuence se llama Ociñbeltz (agujero o sima negra), había una cantera, y junto al camino una caseta como de refugio para el viandante. A ese refugio le llamaban Santucho, porque tenía aire de ermita o porque quizá lo fué en otro tiempo.

En el monte Aguiró, por donde se podía ir por un sendero primero a Iciar y luego a Deva, se pasaba por un barranco en forma de embudo, cuyo fondo se llenaba de agua y, en primavera, sobre el agua caían infinidad de hojas que lo cubrían casi completamente. A mí me parecía aquel sitio un lugar misterioso para ondinas o para silfos. Sobre todo en el otoño todo aquello tomaba mucho carácter. Los helechales en los montes, rojos en septiembre y en octubre, se habían segado; los prados se conservaban verdes y como en una juventud perenne. Los árboles se doraban con púrpuras diversas; unos tenían sus hojas secas de un amarillo apagado, otros de un pardo obscuro, otros parecían ramilletes de hojas de oro viejo.

Algunos árboles exóticos persistían en su verdor sombrío; las acacias, al borde de las carreteras, derramaban una lluvia de hojarasca seca, y los robles se enrojecían como si estuvieran quemados por un fuego interior. Las hierbas secas, en los lugares húmedos, despedían un olor agradable, y en los recodos de los caminos y en las faldas de los montes, crujían bajo el pie y danzaban, como en una zarabanda de brujas, al impulso del viento.

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