Una franquicia es la delegación de la capacidad de explotación de un producto o una marca en un lugar determinado, por las personas que se hacen titulares. Mucha gente que quiere empezar un negocio y no tiene mucho capital para montarlo opta por una franquicia. Entonces alguien que ya está bien implantado en el mercado le cede la marca y se llega a un acuerdo sobre el reparto de beneficios. Y la franquicia ya puede empezar. Dicen que el porcentaje de franquicias, tanto en Europa como en Estados Unidos, sube cada año.

En política, basculamos entre las franquicias y los sucedáneos, en su acepción de elemento que se utiliza como sustitutivo de otro. Entre nosotros, las franquicias forman parte de nuestra falta de autonomía política, y de nuestra incapacidad para crear productos autóctonos que resulten suficientemente atractivos para el electorado. Así, si uno es conservador, en las Islas Baleares, y además no tiene ningún interés en conseguir que el país tenga capacidad de decidir por sí mismo, siempre tendrá más fácil apuntarse a la franquicia del PP que no crear una opción nueva, que nunca se sabe qué tirón electoral pueda tener.

Si uno es progresista, y tampoco piensa que las islas Baleares deban disfrutar de soberanía política propia, se podrá apuntar a la franquicia socialista, que en las Islas, al menos, tiene denominación propia: PSIB.

Pero a veces las franquicias no son suficientes para realizar un proyecto determinado. Y, para poder poner toda la carne en el asador, son sustituidas por sucedáneos, que permiten una mayor capacidad operativa y garantizan mejores resultados. Este hecho se ha visto especialmente claro en determinadas épocas históricas. Al principio de la transición que se abrió a la muerte del general Franco, por ejemplo, nadie quería hacerse cargo de ninguna franquicia que llevase la marca ‘franquismo’. Pero el franquismo sociológico, que era mayoritario en la sociedad española, no podía dejar el poder de cualquier manera. Habiendo mandado desde los tiempos de Mesopotamia, para entendernos, no podían permitir que el poder se les fuera de las manos tan fácilmente. Y, por este motivo, en vez de optar por ofrecer la franquicia franquista (que nadie compraba, aunque no fuera más que por una cuestión meramente estética), optaron por crear algunos sucedáneos. Estuvieron probando con los sucedáneos durante una temporada hasta que tuvieron uno bien asentado.

Ahora, este sucedáneo pretende ocupar todo el espectro político. Como dicen ellos, la cabra siempre tira al monte, sobre todo si es la cabra de la Legión, y, por tanto, no podían conformarse con tener, aproximadamente, la mitad del pastel electoral (un poquito más cuando la cosa les va muy bien, y un poco menos cuando les va mal): preferían volver a tenerlo todo entero. Evidentemente, en estas condiciones, debían crear una franquicia a la izquierda. Pero la franquicia, también por una cuestión meramente estética, debía tener la pinta de sucedáneo.

Quiero decir que nadie acabaría de creerse un partido de izquierdas lleno de gaviotas (o de albatros, que diría Vidal-Quadras), colorines azules y uniformes para todos. Una franquicia de la derecha (más o menos extrema, según como tengan los nervios) a la izquierda no funcionaría. Pero uno siempre puede hacer una perestroika con un grupo de espabilados y, en vez de una franquicia, generar un sucedáneo. Se trataría, sencillamente, de crear un partido político (o más de uno, si se quieren hacer experimentos) allí donde se haga hervir la olla del PP, pretendidamente de izquierdas. Este partido político, naturalmente, tendría que ser más de izquierdas que todos los demás, pero debería hacer un esfuerzo para no tocar nada de lo que el PP considere fundamental. Para entendernos, no podría estar a favor de un concierto económico para las Islas Baleares, no tendría que mostrar ningún entusiasmo por la enseñanza en catalán, debería evitar hablar de cuestiones como quién debe tener competencias sobre nuestros puertos y nuestros aeropuertos, y otros temas que para nosotros son fundamentales (y para ellos también). Debería ser, por tanto, un partido que no chocase con el PP en nada que sea fundamental para el PP, pero que debería estucharse con una parafernalia muy de izquierdas. Proclamas marxistas y revolucionarias, buenos vínculos con todos los movimientos alternativos del mundo, radicalismo verbal a toneladas… ¡Ah! Y, sobre todo, nada de gaviotas ni de azules. ¡Y a pegar al PP toda la leña que hiciera falta!

Una vez creado el artefacto, para ir subiendo, bastaría que todos los medios de comunicación afines al Partido Popular dijeran maravillas de esta formación política (o de éstas, si hay más de una), y les transfirieran todo el protagonismo que, teóricamente, podrían acaparar otros. Está demostrado que, a principios del siglo XXI, con un buen sistema de propaganda y una estructura muy vertical y muy centralizada, si se cuenta con poder previo (aunque siempre debe parecer que esto no ocurre), se pueden hacer maravillas.

>>>

Original català
Mi presentación del autor

http://www.grijalvo.com/Bernat_Joan_i_Mari/y_bjm_eurodiputado_040720.htm

>>>