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3 de Febrero de 2014

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Estábamos hablando usted y yo de las razones del escaso interés

que sienten muchos ciudadanos por las cosas públicas,

en el contexto de una recogida de firmas contra unas prospecciones.

Lo más curioso es que no la promueven los antitodo de siempre.

Esta vez son los poncios de turno, cosa que me tiene descolocado.

Los griegos pensaban que esos ciudadanos que se comportaban como idiotas eran incultos, lerdos o directamente tontos. Esa idea se ha ido transmitiendo hasta hoy, primero a través del lenguaje técnico de la Medicina y después como insulto, porque la plebe adopta sistemáticamente los eufemismos de los galenos -tarado, mongólico, subnormal- para descalificar al prójimo.

Aún así, algo va a haber que hacer con la cosa, porque la abstención de las próximas europeas pasará muy de largo de la mitad del censo. La única lectura posible es que los idiotas han ganado y los poncios de turno ya no tienen legitimidad ni siquiera para decir algo políticamente correcto sobre las prospecciones.

Volviendo al problema de la inteligencia social, hace algunos años estuve en un debate virtual sobre la «fuga de cerebros» en estas islas tan pequeñas. Los mejores estudiantes se van a otros sitios, hacen una carrera y no siempre vuelven. Por otra parte, ésta es una tierra amable que posee bellezas naturales sin cuento. Por eso y por otras razones, buen número de intelectuales valiosos vienen a instalarse aquí.

Necesitamos un Think Tank, algo así como un ágora virtual, para reunir a las personas más formadas e informadas, tanto a las que viven aquí como a las que están fuera, circunstancialmente o definitivamente, si mantienen el amor por estas islas tan pequeñas. Y es que la inteligencia, si no es emocional, no es inteligencia. Es cosa de los cuatro listillos que nos han metido en este carrusel para sacarnos los cuartos.

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