Luis Jar Torre  -  Presentación del libro  UN DESASTRE A LA ESPAÑOLA

 

Santander,  3 de noviembre de  2011

 

Sr. Alcalde, compañeros de mesa, compañeros de fatigas y amigos en general:

Ante todo me gustaría agradecerles su asistencia, especialmente la de algunas personas para las que el tiempo libre es un bien muy escaso. Para no abusar de este tiempo, iniciaré mi presentación sin más demora.

Poco después de venir a vivir a Santander, creo que tendría unos once años, le pregunté a una persona “mayor” qué era eso de la explosión del “Cabo Machichaco”, y me dijo que un barco que se había incendiado en el puerto, explotando la dinamita que llevaba de contrabando y matando a muchas personas. Sorprendido, pregunté qué le habían hecho al capitán y me dijo que nada, porque cuando se enteró de que su barco estaba ardiendo escapó y nadie le había vuelto a ver. Lo cierto es que, ni la dinamita era de contrabando ni el capitán se había fugado, pero, si como muestra basta un botón, este era el tipo de respuesta que podía obtener un niño “preguntón” a mediados de los sesenta. Tres años antes de que el hombre alcanzara la Luna, la información que la mayoría de los santanderinos teníamos sobre las causas de la mayor catástrofe de nuestra historia se basaba en la tradición oral, “mejorada” por tres generaciones de narradores. A mi juicio, esta información tenía mucho menos rigor que la que habrían podido obtener nuestros bisabuelos leyendo el periódico.

Lo único bueno de los accidentes, incluyendo los accidentes marítimos, es que suelen dejar una estela de “lecciones aprendidas” de un tamaño proporcional a la “alarma social” que producen. La explosión del “Cabo Machichaco” generó una “alarma social” más infinita que Cantabria, pero sus lecciones podrían sintetizarse en dos: “las explosiones ocurren” y “los reglamentos están para cumplirse”. Naturalmente todos sabemos que es más fácil predicar que dar trigo, aunque sea predicar en el desierto, y la mejor prueba es que a los pocos meses se produjo una segunda explosión en el “Cabo Machichaco”, con otras 15 víctimas mortales. Sentada la premisa de que las autoridades no deben permitir el atraque de buques-bomba en el centro de las ciudades, este accidente dejó a la sociedad civil otra lección que, nuestras bisabuelas, habrían sintetizado con el refrán: “la curiosidad mató al gato”. Aún achacándola al desconocimiento, la falta de sentido común de los miles de espectadores que contemplaban a cien metros el incendio de un buque cargado de explosivos, resulta casi tan asombrosa como la inhibición de las autoridades que se lo permitieron. Personalmente creo que esta fue la lección más importante del “Cabo Machichaco”, porque el elevado número de víctimas era algo perfectamente evitable, y la despreocupación de aquel 3 de noviembre fue un fracaso colectivo que ninguna sociedad puede permitirse el lujo de olvidar.

El olvido convierte en inútil el sufrimiento de las víctimas, y, precisamente, la capacidad humana de transmitir lo que hemos aprendido constituye la esencia de la civilización. Por eso, en cada momento de la Historia hay personas que se dejan las pestañas tratando de poner a salvo los recuerdos, y una de estas personas fue Rafael González Echegaray. En 1960 González Echegaray había tratado el tema del “Cabo Machichaco” en su obra “Naufragios en la Costa de Cantabria”, un trabajo de investigación monumental que, pasado más de medio siglo, continúa siendo imprescindible. Es sintomático de la sequía informativa de que hablábamos que, esta obra, solo alcanzara 500 ejemplares (seis veces menos que este libro), y que pese a agotarse rápidamente no se reeditara hasta 1976. Gracias a esta segunda edición, mi generación pudo disfrutar de un tesoro de pequeñas historias, narradas por un marino que nos transmitía en cada línea el amor que sentía por los barcos. Y así, entre otras historias pudimos redescubrir la del “Cabo Machichaco”, casi en su “versión original” y condensada en diez páginas inolvidables. Ya en 1993, con motivo del primer centenario de la tragedia la Autoridad Portuaria editó la monografía “La Catástrofe del Machichaco”, de la que fue coautor y director José Luis Casado Soto; esta obra, de casi doscientas páginas, es el estudio contemporáneo sobre el tema más exhaustivo y riguroso que conozco. No sé cuántos ejemplares se publicaron, pero tengo la certeza de que fueron insuficientes porque, la copia de mi propiedad, hace años que es víctima del acoso y apetito desordenado de mis amigos, afectados de un problema de “impotencia”: la impotencia de no poder comprar un libro agotado.

El trabajo que hoy presentamos nació hace dos años condicionado por ser un artículo para la “Revista General de Marina”; digo condicionado porque, la Armada, aprecia más la síntesis que el verbo florido, y los colaboradores de su Revista solo disponemos de diez folios para “enrollarnos”. Y eso marca. González Echegaray escribió durante casi toda su vida profesional para esta Revista, y cuando comprobé que, en su libro, había dedicado al “Cabo Machichaco” diez páginas justas, no pude por menos que reprimir una carcajada. Se preguntarán ustedes de dónde saqué el valor para escribir, precisamente en Santander, sobre un tema que ya habían tratado dos autores consagrados. Podría decir que a los militares el valor se nos supone, pero lo cierto es que me liaron, y sucumbí al ataque de varios compañeros que, también, querían saber qué era eso del “Cabo Machichaco” y, de paso, que mi trabajo sirviera de recordatorio a una generación de profesionales que no había oído hablar de la catástrofe.

Uno de los “atacantes” más obstinados, resultó ser el capitán de fragata Sasía, un vasco de Portugalete queridísimo en la Armada por su hombría de bien, pero cuya, llamémosle capacidad de insistir, era legendaria. Este oficial había navegado como marino mercante en “Ibarra”, la naviera a la que pertenecía el “Cabo Machicaco” y, como en una mala película, meses antes de morir me pasó unos datos que, Ibarra, acababa de publicar y hasta donde yo sé no teníamos en Santander: los planos originales del “Cabo Machichaco” y los sobordos de carga de su último viaje. Como siempre, Sasía se salió con la suya.

Por si fuera poco, José Luis Casado me consiguió copia de la “Noticia Circunstanciada de la Explosión del Vapor Cabo Machichaco”, una joya de cien páginas editada por el periódico “La Atalaya” pocas semanas después de la explosión. Estas dos aportaciones, que podrían considerarse fuentes originales, me permitieron hacer un artículo que, sin dejar de apoyarse en otra veintena de obras y documentos, intentaba ver el accidente con los ojos de los que lo sufrieron. Como estaba destinado a una revista de marinos lo escribí con los ojos de un marino, convirtiendo al propio barco en protagonista de un relato que titulé “Un Desastre a la Española”, porque, a mi juicio, este accidente retrataba virtudes y defectos característicos de nuestra sociedad. Año y medio después y cuando ya creía haber salido del lío con el ego milagrosamente intacto, Carlos González, el editor de este libro, consiguió el artículo no se dónde, pensó que encajaba en una obra que tenía en mente y, aprovechando que éramos compañeros de colegio, se me acercó con la mejor de sus sonrisas. Cuando quise darme cuenta ya me había comprometido a ampliar el artículo significativamente y, lo que es peor, a cometer el sacrilegio de dulcificar el “argot” y poner notas a pie de página, porque, ahora, mis lectores no iban a ser marinos, sino “terrícolas”.

En realidad fue una experiencia gratificante, y el relato ganó en accesibilidad. Además, Carlos resultó ser casi tan pijo como yo en los detalles, y no solo se propuso conseguir ilustraciones de calidad, sino las mejores versiones de las mejores ilustraciones disponibles. Para lograrlo no dudó en recurrir a la magia negra, mortificándome con fotos que incluso yo desconocía. Donde no había fotos consiguió los dibujos de Tomás Hoya, que enriqueció el libro con un trabajo tan impactante, documentado y preciso, que nadie tendrá necesidad de leer mi texto. Y ¿qué decir de la inclusión íntegra del “Pachín González”, de José María Pereda? En su libro “Naufragios en la Costa de Cantabria”, González Echegaray aconsejaba leer esta novela corta inmediatamente antes de su propio relato para, a continuación, volver (y cito literalmente) “con las debidas precauciones a esta prosa desgraciada”. Naturalmente casi nadie lo hacía, pero la modestia de González Echegaray al comparar su prosa con la de Pereda, obedecía a considerar el “Pachín González” (y vuelvo a citarle literalmente) “la novela de la catástrofe, y nada hay que pueda igualarse a ella en grandiosidad, precisión y emoción del relato. El intentar algo parecido sería profanación del recuerdo, plagio sacrílego, presunción desmedida y, desde luego, fracaso absoluto”.

A diferencia de los lectores de González Echegaray, los del libro que hoy presentamos tienen garantizada la lectura del “Pachín González” y, por ello, una comprensión cabal de los términos “plagio sacrílego”, “presunción desmedida” y “fracaso absoluto”. Muchas gracias por incluir la novela, Carlos. Para compensar el sabotaje de mi editor, José Luis Casado me hizo el impagable honor de escribir el prólogo, lo que me permitirá tirarme el pegote de haber escrito un libro a medias con él y con José María Pereda: muchas gracias Jose Luis, en este caso de todo corazón. Otra ventaja de este libro es la austeridad de su formato, que impedirá al editor sangrar la cartera de los lectores, permitiéndoles adaptarse a los exigentes criterios de déficit presupuestario que se avecinan. Semejante proeza habría sido imposible sin la colaboración del Ayuntamiento de Santander y el periódico “El Mundo”, que pone el libro a disposición de sus lectores a un precio de chiste.

He comenzado mi intervención rememorando los años sesenta, y quiero terminarla con un apunte que, quizá, les recuerde los Telediarios de aquella época, cuando los “progres” se quejaban de que, si hoy caía un avión en España, mañana fijo que caían tres en el extranjero. Y es que, por más facilidades que diéramos para que estallara el “Cabo Machichaco”, los españoles no tenemos el monopolio de la chapuza, campo en el que no pasamos de ser una potencia media. Un buque cargado de explosivos puede estallarle a cualquiera: baste recordar la catástrofe del “Mont Blanc”, ocurrida en Canadá en 1917 y que originó unos 2000 muertos, o la del “Grandcamp”, ocurrida en 1947 en los Estados Unidos y que causó 581. Significativamente, en 1951 a nuestros vecinos gibraltareños se les incendió el “Bendenham” mientras descargaba munición atracado a un muelle de la Colonia, pero tuvieron tiempo de evacuar al personal innecesario y las víctimas se limitaron a trece muertos, incluyendo cuatro trabajadores españoles. Quiero pensar que, si como los gibraltareños, nuestros bisabuelos hubieran podido beneficiarse de las lecciones de tres explosiones catastróficas, la historia del “Cabo Machichaco” podía haber acabado de una manera muy diferente.

Muchas gracias.

 


Rafael González Echegaray...


Luis Jar Torre...


José Luis Casado Soto...


Creática Ediciones...
 


"UN DESASTRE A LA ESPAÑOLA"  -  El libro...