Luis Jar Torre - Viaje alucinante

 

 

Publicado en la “REVISTA GENERAL DE MARINA” de marzo de 1999

 


ORDEN DE COMISION

 

Después de leer algunas obras sobre navegantes y navegación en la época de los descubrimientos, no podía evitar la impresión de que, muchos profesionales de la mar, no le hincábamos el diente al tema porque el carácter erudito de alguno de los trabajos más interesantes nos hacia sentir tan poco implicados emocionalmente con las andanzas de nuestros colegas de hace quinientos años como, por ejemplo, con las de los reyes godos. Craso error. Si en lugar de estudiarles como fósiles se les escucha como a compañeros, nos sorprendemos descubriendo que eran personas muy próximas a nosotros, sólo que más divertidas, observadoras y, sobre todo, con una moral a prueba de rayos. Para comprobarlo propongo a los lectores que, al igual que los marinos mercantes de todo el mundo intercambian sus aventuras por VHF cuando se cruzan en la mar, establezcamos enlace a través de los siglos y les escuchemos contar la versión original de su día a día. Para ser justos escucharemos también al pasaje, ya que en aquella época un viaje podía durar más de lo que hoy dura una “mili” y, en todo caso, muchas veces era el personal de a bordo con más formación, tiempo y ganas para transmitirnos lo que veían. Dicho y hecho ¡A ver, ese galeón que está a tres millas por la proa, si me escucha pase al Canal 6 y cuénteme sus aventuras, cambio!

 

PREPARACION DEL BUQUE PARA SALIR A LA MAR

 

No debemos incurrir en el error de pensar que en el siglo XVI, los buques salían a la mar a la buena de Dios, ya entonces la navegación era una rutina asegurada por una larga experiencia, veamos algunos de los preparativos: “Es saludable consejo que antes que el buen cristiano entre en la mar haga su testamento, declare sus deudas, cumpla con sus acreedores, reparta su hacienda, se reconcilie con sus enemigos, gane sus estaciones, haga sus promesas y se absuelva con sus bulas; porque después en la mar ya podría verse en alguna tan espantable tormenta que por todos los tesoros desta vida no se querría hallar con algún escrúpulo de conciencia”. (1) ¡Calma, vuelvan a embarcar, que hablaba un fraile del pasaje!. Veamos, esta vez, cómo se alista para salir a la mar un auténtico profesional que, por añadidura, era uno de los mejores pilotos entonces disponibles en Europa: “Primeramente, ante todas las cosas, dos o tres días antes de la partida, habiendo de navegar en largo viaje, el capitán o maestre y toda la otra gente de la nao se debe confesar y recibir los Sacramentos y hacer las otras diligencias provechosas a sus conciencias, y después de recogidos en la dicha nao el capitán o maestre debe pesquisar si entre ellos hay algunos que se tengan odio o mala voluntad y reconciliarlos luego, y debe no consentir que vaya alguna mujer pública en la nao porque es cosa de gran perjuicio para toda la gente. Y hechas todas las dichas diligencias deben todos hacer su devota oración encomendándose a Dios.” (2).


¡Bien empezamos! Ya encomendados a Dios, y por si acaso, consultemos las “Señales naturales para conocer la mudanza de los tiempos” de Don Alonso de Chaves en busca de un buen “meteo”: “Ranas, cuando vocean más de lo acostumbrado, significa vientos”. Esto se complica, ¿se referirá a los batracios o a los componentes de mi Escala?. ”Cuervos marinos, cuando vienen de alta mar a la tierra dando voces, denota cruel tormenta”. Muy ingenioso, ¿y si no hay cuervos a la vista? “Gatos y perros, cuando les rugen las tripas, denota lluvias” ¡nos hemos comido el gato! “Pulgas, cuando pican más de lo acostumbrado, denotan lluvias prestas” ¡ayer fumigamos! “Sol, cuando saliere, si se llegaren de él unas fumosidades secas, denota vientos aquel día”, ¡pero aquel día estaba nublado! “Vasos de vidrio o barro, cuando sudan mucho, denotan tempestad cruel” (3). En fin, que hoy parece rugir amenazas la ola. Coronemos de sonrisas nuestra gallardía española y preparémonos para lo peor.

 

BABOR Y ESTRIBOR DE GUARDIA

 

“... En entrando la fuerza del mar, hizo tanta violencia en nuestros estómagos y cabezas, que padres e hijos, viejos y mozos quedamos de color de difuntos, y comenzamos a dar el alma (que eso es el almadiar), y a decir “baac, baac”; y tras esto “bor, bor, bor, bor”; y juntamente lanzar por la boca todo lo que por ella había entrado aquel día y el precedente; y a las vueltas, unos fría y pegajosa flema, otros ardiente y amarga cólera, y algunos terrestre y pesada melancolía. De esta manera pasamos sin ver sol ni luna; ni abrimos los ojos; ni nos desnudamos de como entramos, ni mudamos lugar, hasta el tercer día...” (4) ¡Confesión! ¿Es esto normal? ¡Auxílienme! “Es previlegio de galera que en haciendo un poco de marea, o en andando la mar alta, o en arreciándose la tormenta, o en engolfándose la galera, si te desmaya el corazón, desvanece la cabeza, se arrevuelve el estómago, se te quita la vista, comiences a dar arcadas y a revesar lo que has comido y aún echarte por aquel suelo; y no esperes que los que te están mirando te tendrán la cabeza, sino que todos, muy muertos de risa, te dirán que no es nada, sino que te prueba la mar, estando tú para espirar y aún para desesperar.” (5)


¡Es increíble que, en pleno Renacimiento, la ciencia no pueda remediar tan miserable estado! “Es saludable consejo que el curioso mareante ocho o quince días antes que se embarque, procure de alimpiar y evacuar el cuerpo, ora sea con miel rosada, ora con rosa alejandrina, ora con buena caña fístola, ora con alguna píldora bendita; porque naturalmente la mar muy más piadosamente se ha con los estómagos vacíos que con los repletos de humores malos” ¡Digo remediar, no prevenir! “Es saludable y experimentado consejo, para que uno no se maree ni reviese en la mar, ponga un papel de azafrán sobre el corazón y estése quedo sobre una tabla en el hervor de una tormenta; porque si esto hace puede estar bien seguro que ni se le revolverá el estómago ni se le desvanecerá la cabeza.”(6) Oído al parche los modernos mareantes que se den por aludidos.

 

EJERCICIOS MARINEROS

 

Repuestos de nuestros males, comprobemos el grado de instrucción del personal con unos sencillos ejercicios, empecemos con un “hombre al agua”, veamos qué dice el “plan de combate”: “...el que primero lo viere dé grandes voces diciendo: ¡hombre a la mar!, y luego deben arrojar alguna tabla grande... Y el hombre, así como cayere en el agua, dé grandes voces a fin que lo oigan, y si acaso fuere de noche o a tiempo que no lo habían visto caer para que atinen presto a cuál banda está, y también porque al golpe que él dio en el agua no hayan acudido tiburones u otros pescados porque no le echen mano para comerlo, y que se espanten de él y huyan entre tanto que es socorrido... Después que el hombre fuere en salvo y puesto en la nao... meterle en la boca algunas plumas de ave o los dedos para que torne a lanzar aquella agua que bebió... y beba alguna cantidad de aceite para remediar el daño que en las asaduras hubiere hecho el agua de la mar que tragó...”. Instrucciones harto prolijas para traer aquí en su totalidad, pero que convenía seguir al pie de la letra en evitación de espantable “puro”, ya que “... si el maestre y el piloto y los demás no hicieren todas estas diligencias y las demás que se ofrecieren y el hombre pereciere todos quedan condenados a condenación perpetua como matadores de aquél, pues tienen tanta culpa no queriéndolo socorrer”. (7)


¿Verdad que el transbordo de pesos en la mar lo inventaron los norteamericanos? ¿Quién si no? Ahí va mi historia favorita. Durante la escala en Tenerife de un viaje a Santo Domingo, una pareja discutió y decidieron pasar el resto de la travesía en “embarcaciones separadas”. “E como con buen tiempo en esta navegación y en el mar largo, muchas veces caminan tan cerca una nao de otra que se hablan a quince o veinte pasos o menos, el mancebo dijo a aquesta su amiga, que si le perdonaba e le acogía, que se pasaría a la nao en que ella iba; la cual, mostrando mucho placer en ello, le respondió que holgaría mucho en que lo hiciese, e que ella le perdonaba e le atendía.”. Tras rogar al maestre que inventara el andarivel, y tras vencer éste su inicial prevención debido a los ruegos de ambas dotaciones, que ansiaban disfrutar de “la fiesta e tan nueva farsa”, dio comienzo la maniobra: “...encomendándose a Cupido, entró en el agua e con mucha grita e diligencia tirando los marineros, era cosa de ver cómo este amante muchas veces entraba e salía debajo de las ondas de la mar, e sorbía algunos tragos contra su voluntad; y ella le santiguaba e daba mucha priesa e solicitud a los que tiraban; pero no mirando Dios las culpas del uno ni del otro, le pasaron bien remojado. E luego ella le dio camisa e ropa enjuta, lo rescibió con mucho placer e fiesta e risa de cuantos lo vieron.” (8).


Risas ¿eh?. En una película sobre su notable mando del “HMS Bounty”, el Teniente de Navío Bligh hace observar a un apabullado Oficial que “... la Marina no es un asunto humorístico”. Así pues, nada de risas en las maniobras, “... porque arribando el navío grande sobre nosotros por saludarnos de cerca, se descuidaron los que gobernaban de manera que por poco nos quitaran la salud y las vidas. Porque embistió con el espolón por la popa, e hizo en nuestra ciudad una batería, por la cual comenzó a meterse la muchedumbre del mar de tal manera, que si la gente no acudiera a la resistencia, fuera nuestra ciudad tomada por las aguas antes de una hora... y acabadas las alteraciones de las lenguas, aunque no las de los corazones, se lavó todo el temor con agua salada, porque no oliese mal, y nos saludamos todos con mucha alegría y contento”. (9) ¡Chapeau! Imposible explicar más finamente los efectos “desodorantes” y “disolventes” del agua de mar sobre el “temor”. Se comprende que la maniobra cayera en desuso.

 

ZAFARRANCHO DE COMBATE

 

En tiempos de Colón la artillería era un artificio relativamente novedoso y chapucero, pero sumamente desmoralizador. Aunque fuera de contexto, a efectos descriptivos demos la palabra a un sorprendido caballero de mediados del siglo anterior, involuntario testigo de su “estreno” en España: “Los omes avían muy grand espanto, ca en cualquier miembro de ome que diese, llevábalo a cercén, como si se lo cortasen con cuchiello: et quanto quiera poco que ome fuese ferido della, luego era muerto, et non avía cerurgía nenguna que le podiese aprovechar: lo uno porque venía ardiendo como fuego, et lo otro porque los polvos con que la lanzaban eran de tal natura, que cualquier llaga que ficiesen, luego era el ome muerto; et venía tan recia que pasaba un ome con todas sus armas”. (10) Resulta obvio que quien estaba de “estreno” era el enemigo. Traigo a colación lo anterior como posible explicación al parco funeral del personal muerto en combate: “...y si acaso la herida fuere mortal, o que del todo sea muerto, más vale que luego que hubiese espirado lo lancen a la mar a fin que los unos no desmayen de ver muertos a los otros...”. (11) ¿Así? ¿Sin más? “Al arrojarlos al mar, notamos una cosa curiosa, y fue que los cadáveres de los cristianos quedaban siempre con el rostro vuelto hacia el cielo, y los de los indios con la cara sumergida en el mar”. (12) Algo es algo y menos es nada. Pero quitemos “hierro” al asunto y comprobemos la casi desconocida influencia de la dieta mediterránea en la táctica naval del siglo XVI. En un poco difundido episodio de la batalla de Lepanto, tras haber agotado la munición para su artillería, un grupo de jenízaros dejó bien alto el pabellón turco negándose a rendirse en una batalla sin esperanza, “... y cuando no tenían ya más armas con las que atacarnos, reunieron naranjas y limones y empezaron a arrojárnoslos... el alboroto llegó a un punto tal que, en muchos sitios, se veía a los hombres que tanto reían como lloraban.” (13)

¿Sorprendente? Hace unos veinte años y en una de esas larguísimas sobremesas de mercante, cuando estás en medio de ninguna parte, un sexagenario “radio” vizcaíno nos contó que en Diciembre de 1938, tras el sorprendente combate “al abordaje” entre el minador “Vulcano” y el destructor “José Luis Díez”, se recogió en las inmediaciones del puente del “Vulcano” un zapato de factura sospechosa, huérfano de pareja y cuyo dueño no pudo ser localizado. El narrador aseguraba conocer por la “otra parte” (muchos eran sus paisanos) que el zapato había sido “disparado” desde el puente del “Díez” por un desesperado marinero que se vio con el puente del “Vulcano” enfrente y las manos vacías. No puedo garantizar la historia, pero es tan buena que merecería ser cierta.

 

SEÑOR COMANDANTE AL PUENTE

 

Un maldito inconveniente de la navegación oceánica es que, para ir del punto A al punto B, antes hay que situar el dichoso punto A, o sea, saber dónde estamos. En 1492, con la navegación astronómica en pañales, Colón debería apoyarse en dos pilares, el conocimiento exacto de la distancia navegada y del rumbo seguido ¿o no? Veamos qué cuenta él: “Domingo 9 de Setiembre, anduvo aquel día 15 leguas, y acordó contar menos de las que andava, porque si el viaje fuese luengo no se espantase y desmayase la gente”. ¡Vaya! El concepto “distancia” parece un tanto elástico y acomodaticio, veamos como andamos de rumbo. “Lunes 17 de Setiembre, tomaron los pilotos el norte, marcándolo, y hallaron que las agujas noruesteavan una gran cuarta, y temían los marineros y estavan penados y no dezían de qué. Cognosciólo el Almirante, mandó que tornasen a marcar el norte en amaneciendo, y hallaron qu´estavan buenas las agujas. La causa fue porque la estrella que parece hace movimiento y no las agujas”. ¿La Polar de romería? ¡Qué extraño! Sigamos la derrota prevista hacia Cipango, que ya saldrá el sol por Antequera. Con astros tan traicioneros no parece sorprender al Almirante que, de vuelta de “Extremo Oriente”, el “Viernes 15 de Hebrero, después del sol salido vieron tierra... el Almirante, por su navegación, se hallava estar con las islas de los Azores, y creía que aquella era una d´ellas. Los pilotos y marineros se hallavan ya en tierra de Castilla” (14). Y así se escribe la historia. Después de abochornar a Sus Católicas Majestades tomando posesión en su nombre del continente equivocado, ahora se reprocha a unos honrados pilotos castellanos un insignificante error de 300 leguas.


En los esfuerzos que siguieron para dar un carácter más riguroso a la navegación de altura interviene el mismísimo Don Quijote, que aporta una novedosa “navegación biológica”: “sabrás, Sancho, que los españoles, y los que se embarcan en Cádiz para ir a las Indias Orientales, una de las señales que tienen para entender que han pasado la línea equinoccial que te he dicho es que a todos los que van en el navío se les mueren los piojos, sin que les quede ninguno, ni en todo el bajel le hallarán, si le pesan a oro”(15). Recordar que Cervantes, en 1575, había iniciado un corto viaje por el Mediterráneo que, debido a las “imperfecciones” de la época, incluyó cinco años de mazmorra en Argel como consecuencia de una “escala no programada”.


Casi un siglo después de Colón, la navegación ya tiene una sólida base científica, la visión de los pilotos en plena faena no puede menos que impresionar al pasaje: “¡oh, cómo muestra Dios su omnipotencia en haber puesto esta subtil y tan importante arte de marear en juicios tan botos y manos tan groseras como las de estos pilotos!. Qué es verlos preguntar unos a otros: ¿cuántos grados ha tomado vuestra merced?. Uno dice: dieciséis. Otro: veinte escasos. Y otro: trece y medio. Luego se preguntan: ¿cómo se halla vuestra merced con la tierra?. Uno dice: yo me hallo cuarenta leguas de tierra. Otro: yo, ciento cincuenta. Otro dice: yo me hallé esta mañana noventa y dos leguas; y sean tres o sean trescientas, ninguno ha de conformar con el otro ni con la verdad”(16). Juraría que, cuatro siglos más tarde, a más de un lector de “mediana edad” esta escena le será extrañamente familiar.

 

REVISTA DE POLICIA

 

Una previsible ventaja para los navegantes de antaño sería la oportunidad de escapar de las hediondas ciudades para respirar los purísimos aires oceánicos: “Es saludable consejo, mayormente para los hombres regalados y estómagos delicados, se provean de algunos perfumes, menjuí, estoraque, ámbar o áloes, y si no de alguna buena poma hechiza, porque muchas veces acontece que sale tan gran hedor de la sentina de galera, que a no traer en qué oler hace desmayar y provoca a revesar.” (17) ¡Vamos ya! ¡Si es conocido de antiguo que, en los buques, se observa una escrupulosa higiene por su importancia en la prevención de enfermedades! : “Es previlegio de galera que si alguno tuviere necesidad de calentar agua, sacar lejía, hacer colada o jabonar camisa, no cure de intentarlo, si no quiere dar a unos que reír y a otros que mofar; mas si la camisa trajere algo sucia o muy sudada y no tuviere con qué remudarla, esle forzoso tener paciencia hasta que salga a tierra a lavarla o se le acabe de caer de podrida.” (18) Pero ¿qué chusma de apestosos herejes comparte la nao con su merced? Verá cómo, a la llegada a puerto, la Inquisición Marítima sube a bordo y los hace desinfectar con gran alarde de hoguera. “Es previlegio de galera que si alguno en la tierra es deudor, acuchilladizo, perjuro, revoltoso, rufián, robador, matador, no pueda ninguna justicia entrar allí a le buscar...”(19) Entonces quéjese su merced al Segundo, estos elementos son la excepción, y una vergüenza para cualquier bajel. “Es previlegio de galera que los ordinarios vecinos y confrades della sean testimonieros, falsarios, fementidos, cosarios, ladrones, traidores, azotados, salteadores, adúlteros, homicianos y blasfemos.” (20) Mal lo pintáis, ¿podrá su merced aislarse de tal canalla? “Hombres, mujeres, mozos y viejos, sucios y limpios, todos van hechos una mololoa y mazamorra, pegados unos con otros; y así junto a uno, uno regüelda, otro vomita, otro suelta los vientos, otro descarga las tripas; vos almorzáis, y no se puede decir a ninguno que usa de mala crianza, porque las ordenanzas de esta ciudad lo permiten todo.” (21)

 

ARRIADO DE BANDERA, BUENAS NOCHES

 

El día toca a su fin y no disponemos del socorrido “cassette” con la oración, cantemos una Salve y mostremos al mundo las peculiaridades de nuestra rica tradición coral: “...porque como los marineros son amigos de divisiones y dividieron los cuatro vientos en treinta y dos, así los ocho tonos de la música los tienen repartidos en otros treinta y dos tonos diversos, perversos, resonantes y muy disonantes, de manera que hacíamos ese día en el canto de la Salve y Letanía, una tormenta de huracanes de música, que si Dios y su gloriosa Madre y los santos a quien rogamos, miraran a nuestros tonos y voces y no a nuestros corazones y espíritus, no nos conviniera pedir misericordia con tanto desconcierto de alaridos.” (22) Mejor nos acostamos, una buena cama nos permitirá reponernos de las emociones del día: “Es previlegio de galera que las camas que allí se hicieren para los pasajeros y remeros no tengan pies ni cabeceras señaladas, sino que se echen a do pudieren y cupieren y no como quisieren; es a saber, que a do una noche tuvieren los pies tengan otra la cabeza; y si por haber merendado castañas o haber cenado rábanos, al compañero se le soltare algún... ya me entendéis, has de hacer cuenta, hermano, que lo soñaste y no decir que lo oíste.”. (23)


Hemos llegado al final del viaje, comienzo a creer que, la colonización de América, tuvo su origen en los miles de españoles que, tras sufrir el viaje de ida, no osaron siquiera plantearse el viaje de vuelta, pero no es mi opinión la que cuenta. A ver, colegas, ¿me hacéis las conclusiones? “La mar a nadie tiene contento de cuantos en ella andan navegando, porque los cuerpos tráelos cansados con la mala vida y los corazones están con sobresalto de alguna peligrosa tormenta” Entonces, ¿no se navega a gusto en el siglo XVI? “...el hombre que navega, si no es por descargo de su conciencia, o por defender su honra o por amparar la vida, digo y afirmo que el tal o es necio, o está aborrido, o le pueden atar por loco.” (24)


Mensaje recibido, en el siglo XX somos unos quejicas consentidos. Prometo solemnemente no volver a desbarrar de las carencias de mi buque, gracias por la información y buena guardia, corto.

 


NOTAS BIBLIOGRAFICAS

 

1. - Fray Antonio de Guevara, “De los muchos trabajos que se pasan en las galeras”. Cap. X, “De las cosas que el mareante se ha de proveer para entrar en la galera”. Las citas de la obra del Padre Guevara que siguen están extraídas del Apéndice 1 de “Pasajeros de Indias”, de José Luis Martínez.
2. - Alonso de Chaves, “Espejo de Navegantes” (tratado tercero del tercer libro).
3. - Alonso de Chaves, op. cit. (tratado último del segundo libro).
4. - Eugenio de Salazar, “Carta escrita al licenciado Miranda de Ron”. Las citas de esta obra que siguen están extraídas del Apéndice 3 de José Luis Martínez, op. cit.
5. - Fray Antonio de Guevara, op. cit. Cap. VI, “De los otros veinte trabajos que hay en la galera”.
6. - Fray Antonio de Guevara, op. cit. Cap. X.
7. - Alonso de Chaves, op. cit. (tratado tercero del tercer libro).
8. - Gonzalo Fernández de Oviedo, “Historia natural y general de las Indias”, “Infortunios e naufragios”, Libro L, Cap.iii. Citado por José Luis Martínez, Cap.10 op. cit.
9. - Eugenio de Salazar, op. cit.
10. - Desconocido, citado por Juan Eslava Galán en “La Historia de España contada para escépticos”, Cap. 38.
11. - Alonso de Chaves, op. cit. (tratado tercero del tercer libro).
12. - Antonio Pigafetta, “Primer viaje alrededor del globo”, (libro IV).
13. - Relato de Girolamo Diedo en “Lèpante” de Lessure, citado por Geoffrey Parker en “La Revolución Militar”, Cap. 3.
14. - Cristóbal Colón, “Diario del Primer Viaje”.
15. - Miguel de Cervantes, D.Quijote de la Mancha, 2ª Parte, Cap. XXIX.
16. - Eugenio de Salazar, op. cit.
17. - Fray Antonio de Guevara, op. cit. Cap. X.
18. - Fray Antonio de Guevara, op. cit. Cap. VI.
19. - Fray Antonio de Guevara, op. cit. Cap. VII, “De otros más trabajos y peligros que pasan los que andan en galera”.
20. - Fray Antonio de Guevara, op. cit. Cap. VI.
21. - Eugenio de Salazar, op. cit.
22. - Salazar en Fernández Duro “Disquisiciones náuticas”, citado por Carla Rahn Phillips en “Seis galeones para el Rey de España”.
23. - Fray Antonio de Guevara, op. cit. Cap. VI.
24. - Fray Antonio de Guevara, op. cit. Cap. IX, “De una sotil discreción de la mar y de sus peligrosas propiedades”.

 

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