Luis Jar Torre - SUBPROYECTO PEPE GOTERA

 

Publicado en la Revista General de Marina de Enero de 2000

 

Una constante en los recuerdos de mis primeros años en la Armada es la continua sucesión de comentarios, entre jocosos y alarmantes, sobre la chapuza integral que iba a resultar nuestro primer portaaviones autóctono, el “Príncipe de Asturias”. Confieso que entonces, con el desmoralizador paisaje cotidiano de los despojos que decenios de fracasados experimentos de “alta tecnología” habían esparcido por el Arsenal de Cartagena y zonas aledañas y, por qué no decirlo, con unos esquemas mentales más rudimentarios, me parecía una osadía afrontar la construcción de un portaaviones que, a juzgar por lo que oía, inevitablemente iba a degenerar en carísimo engendro. Las continuas dificultades del proyecto originaban en mi entorno mordaces elucubraciones sobre si el buque cumpliría los mínimos especificados por Arquímedes, pero también reforzaban mi orgullo de pertenecer al país más chapucero del orbe terráqueo.


Por ello me sentí estafado cuando, a finales de los ochenta, comenzaron a caer en mis manos publicaciones anglosajonas especializadas que describían nuestro “engendro” como “...an excellent and relatively inexpensive method of getting air power to sea” o decían de su diseño que “...shows great imagination on the part of the Spanish Navy”. Cuando, a finales de los noventa, hemos inaugurado a escala mundial la lista de países que han construido un portaaviones para la exportación, he decidido tirar a la basura mis viejos esquemas sobre la “chapuza nacional” por inoperantes. Mi tesis actual es que nuestra tendencia al auto-desbarre viene originada por el “anarquista” que cada español llevamos dentro y no por nuestro “potencial chapucero”, campo en el que no pasamos de ser una potencia media. La primera parte de esta tesis está suficientemente documentada en la historia contemporánea. En España somos tan “anarquistas” que, puestos a ir por libre, hemos logrado la estupefacción de algún historiador al conseguir que una ideología que propugna la abolición de cualquier forma de gobierno haya gobernado una región y dado una ministra al gobierno de la República.


El objeto de este artículo es demostrar mi segundo postulado, estableciendo que la chapuza es un irrenunciable patrimonio de la humanidad que, por falibles, nos hace a todos más humanos, y no un don divino concedido a los españoles, como defienden tesis más chauvinistas, egoístas y retrógradas. Para comprobarlo, fisgaremos nada menos que a la primera potencia mundial en el cenit de su gloria y, lejos del simple proyecto de un portaaviones, cotillearemos sobre aspectos puntuales del proyecto que finalmente elevaría a dicha potencia al cenit de su poder. Casi todos los hechos aquí descritos forman parte del Proyecto Manhattan, no obstante he preferido agruparlos bajo el nombre de un conocido compatriota en lo que he denominado el “Subproyecto Pepe Gotera”.

 

LOS CIENTIFICOS, DIVIDIR UNOS ATOMOS

 

El padre de la bomba atómica fue un imprevisible y poco conocido discípulo húngaro de Einstein, el Dr. Szilard, que tras salir de Alemania con cierta precipitación en 1933 se había instalado en Inglaterra. Allí se enteró de unas declaraciones (“la energía atómica es un puro disparate”) de Lord Ernest Rutheford, descubridor del núcleo atómico y “Papa” local. Tras exponer a Rutheford (Nobel de Química 1908) sus propias teorías, Szilard hizo sus propias declaraciones (“me echaron del despacho de Rutheford”). Los cimientos de la bomba atómica aterrizaron en su tumultuoso cerebro cuando cruzaba un semáforo y bajo la forma de un hipotético átomo que, bombardeado por neutrones, liberara energía y, sobre todo, mantuviera la reacción. En 1934 patentó la “reacción en cadena”, incluyendo los conceptos básicos de bombardeo neutrónico y masa crítica. Plenamente consciente de la peligrosidad de su “concepto”, había obtenido la patente para intentar cedérsela a la British War Office y así mantenerla clasificada. Con fino olfato, dicho organismo no encontró en 1935 “ninguna razón para mantener en secreto las especificaciones”, pero en 1936 el Almirantazgo Británico ganó unos puntos para la marina aceptando el regalo e inaugurando la “no-proliferación de armas nucleares” antes de que tales armas existieran. De todos modos, el aleatorio Szilard tenía mejores ocupaciones que buscar su hipotético elemento entre los noventa y dos conocidos, y su intento de contratar un “negro” que le hiciese el trabajo aburrido fue un fracaso. Tras descubrir (junto con Chalmers) el procedimiento para aislar radioisótopos, en 1937 emigró a Estados Unidos como profesor de la Universidad de Columbia.


A finales de 1938 la doctora Meitner, una física judía que acababa de “mudarse” a Suecia desde Alemania, recibió carta de Berlín. Bombardeando uranio con neutrones, su antiguo colaborador Otto Hahn (Nobel de Química 1944) había obtenido inexplicablemente algo de bario y temía hacer el ridículo con un anuncio precipitado, “...tal vez usted podría sugerirme alguna explicación sorprendente”, decía con modestia. Meitner y su sobrino Frich pergreñaron una explicación “plausible”, que llamaron “fisión”, y Frich le fué con la historia a su maestro, el descubridor de la estructura del átomo Niels Bohr (Nobel de Física 1922). Bohr, que estaba a punto de embarcarse para Estados Unidos por motivos académicos, vio las notas, dijo su frase (“¡Oh, qué idiotas hemos sido todos!”), se hizo instalar una pizarra en su camarote y, a base de números, extendió el certificado de nacimiento de la fisión nuclear en pleno Atlántico. La “buena cabeza” de Bohr casi habría de matarle en 1943, al impedirle colocarse la mascarilla de oxígeno en un “Mosquito” que le alejaba de los “inconvenientes” de su ascendencia judía en la Dinamarca ocupada.


A su llegada a América y por deferencia a Hahn, Bohr no soltó prenda hasta que aquél hubo publicado su descubrimiento, sólo entonces solicitó contar unas cosillas en la conferencia anual de física teórica que se reunía en Washington el 25 de enero de 1939. El co-anfitrión Dr. Gamow le dio la palabra, no antes de explicar a algún distinguido colega de qué iba el tema (“ese Bohr se ha vuelto loco, ¡dice que el núcleo de uranio se divide!”). Peter Wyden ha escrito que, cuando Bohr describió los hallazgos de Hahn, la reacción de los científicos fue como si se hubiera derogado uno de los diez mandamientos. Casi todos estaban interesados en saber si el proceso liberaba energía pero, cuando los números ya desbordaban la pizarra, Edward Teller (el padre de la bomba H) debió caer en la cuenta de que había muchas formas de liberar energía y recordó a la ilustre concurrencia que había dos periodistas en la sala. No tenía por qué preocuparse. Algo más tarde Morrison, un discípulo del pintoresco Oppenheimer en la Universidad de Berkeley, hizo un boceto de bomba atómica en la pizarra de su maestro y no convenció ni a los estudiantes, que le gritaban desde los pupitres “¡los neutrones!”, “¡te faltan los neutrones!”. En efecto y como alguien dijo, una cosa es que los neutrones produzcan fisión y otra que la fisión produzca neutrones. Menos afortunado que este indocumentado escribidor, el artículo que Morrison envió al “Saturday Evening Post” sobre la bomba atómica fue rutinariamente rechazado.


El conocimiento de cuál podría ser el elemento que buscaba pilló al poco ortodoxo Szilard en un mal momento, subempleado, sin blanca y alarmado por la posibilidad de que los alemanes desarrollaran la bomba, así que se presentó en Washington en busca de aliados. Después de hacerse recoger en la estación por su amigo Teller y ofrecerle éste alojamiento en su propia casa, de modo característico Szilard inspeccionó el dormitorio, manifestó “ya he tratado antes de dormir en esta cama” y preguntó por un hotel. A principios de febrero trató de interesar en su “reacción en cadena” al prestigioso ególatra Enrico Fermi (Nobel de Física 1938) que, tras recoger dicho premio y aconsejado por Bohr, había sacado billete (sólo de ida) desde Estocolmo a Estados Unidos en busca de un clima más saludable que el italiano para su esposa judía. Como Szilard era persona “non grata” en el respetable hogar de los Fermi, comisionó a Isaac Rabi (Nobel de Física 1944) para transmitir su mensaje. Fermi escuchó las ideas de Szilard y pronunció unas sencillas palabras (“¡qué estupidez!”), que Rabi transmitió al húngaro. En una visita posterior, Fermi aclararía a Rabi que, desde su punto de vista, la emisión de neutrones en la fisión del uranio y la consecuente reacción en cadena era sólo una posibilidad remota, que cifró en un diez por ciento. Isaac Rabi, que procedía de la actual Polonia, aclaró a Fermi que “el diez por ciento no es una posibilidad remota si podemos morir por ello”.


Este artículo no va de física, pero no conviene simplificar en exceso. Lo que en 1939 se entendía por “uranio” era una mezcla de U238 y U235 con menos del 1% de éste último, que es el que tiene las “propiedades idóneas” (ahorraré el “rollo”) para hacer funcionar un reactor o para hacernos saltar por los aires, sería Bohr quien cayera en la cuenta el 5 de Febrero de ese mismo año. Mientras, Szilard buscaba los neutrones por su cuenta, o casi. Tras sablear dos mil dólares a un amigo y conseguir un renuente permiso para utilizar los laboratorios de la Universidad de Columbia, el dos de Marzo de 1939 fisionó una muestra de uranio y consiguió verificar la emisión de los neutrones que tanto necesitaba. Ahora tendría que verificar si estos neutrones producian una reacción en cadena en el gobierno.

 

EL GOBIERNO, SOLTAR UNOS DOLARES

 

El catalizador de la “reacción en cadena” administrativa que Szilard necesitaba seguía siendo Fermi o, mejor dicho, el prestigio académico de Fermi, que no accedió a prestarlo hasta que hubo verificado por su cuenta la emisión de neutrones. Pero una cosa es navegar entre partículas subatómicas y otra entre los infinitamente más complejos entresijos burocráticos, un tipo de “navegación” fuera del alcance de unos simples Premios Nobel. El 16 de marzo de 1939 Pegram, decano de postgraduados de Columbia, inició el primer asalto, una carta de recomendación para Fermi a un Almirante de la Oficina del Jefe de Operaciones Navales. Como consecuencia de esta carta, el físico pudo explicarse durante una hora ante un comité militar que, además de no mostrarse excesivamente impresionado por las cualidades “explosivas” del uranio, largó al quisquilloso Fermi un educado “seguiremos en contacto” cuando éste expuso las ventajas (ja, ja) del uranio como fuente energética para submarinos. Refuerza la impresión de que no era un comité particularmente bien informado el hecho de que, tras la “salida” de Fermi, uno de los consejeros técnicos llamó al Instituto Carnegie e hizo dos preguntas particularmente estúpidas (“¿quién es ese Fermi?, ¿es acaso un fascista?”). Corramos tupido velo.


El segundo asalto fue cosa de Szilard, que trató de “vender” a un asesor técnico del Laboratorio de Investigación Naval su nuevo sistema moderador de grafito para una reacción en cadena sostenida. El 10 de julio recibió la respuesta del hombre de la marina (“la ayuda es casi imposible en vista de las restricciones impuestas al gobierno en los contratos de servicios”). Hábil quite, y con un estilo plenamente actual. El tercer asalto fue mucho más profesional, Szilard solicitó asesoramiento a un amigo, antiguo parlamentario en Alemania al que suponía conocedor del “know how” de la política. Suponía bien, su amigo le presentó al “práctico” que necesitaba para navegar por Washington en la persona de Alexander Sachs, un economista que había asesorado a Roosevelt en la campaña de 1932. El experto local expuso su estrategia: puenteo general a la administración mediante una carta de Einstein al Presidente Roosevelt que el propio Sachs entregaría en mano, informándole de las posibilidades de una bomba atómica y de otro tipo de “posibilidades” si los alemanes la construían antes. Szilard visitó a su viejo profesor (que le recibió en camiseta y con los pantalones remangados) para explicarle la situación y sus propias ideas. Por entonces Einstein arrastraba una fase “vaga” y no estaba muy al corriente de los recientes avances en fisión, pero hizo gala de su legendaria modestia (“eso nunca se me había ocurrido”) y de su legendaria sabiduría (“será difícil hacer comprender esto a los militares”) lo que, para Szilard, significaba “será difícil sacar un dólar para esto a los militares”. Se confirmaba la conveniencia de redefinir objetivos y dedicarse a los políticos.


A finales de julio Einstein, engalanado para la ocasión con bata centenaria y zapatillas, dictó a Teller el borrador de una de las cartas más famosas de todos los tiempos y el 11 de octubre, con la Segunda Guerra Mundial ya en marcha, carta y cartero fueron recibidos por un ocupadísimo Roosevelt. Sachs se presentó armado de abundante bibliografía y, en un estrepitoso fallo táctico, largó al desdichado Presidente un espantoso “rollo” sobre los recientes avances de la física nuclear. Al cabo de una hora Roosevelt “se distrajo” pero, antes de ser acompañado a la salida y probablemente en nombre de su antigua amistad, Sachs consiguió del Presidente una invitación a desayunar para la mañana siguiente. En su segunda oportunidad Sachs dejó de lado los aspectos académicos de la energía nuclear y, centrándose en determinados aspectos prácticos, logró una instantánea comprensión de la esencia del problema (“Alex, lo que usted busca es que los nazis no nos hagan volar”). Tras la concisa respuesta de Sachs (“precisamente”), Roosevelt inició una doble línea de actuación, en una primera fase otorgó a Sachs el honor de un lingotazo matutino de su magnífico coñac “Napoleón” y, ya en una segunda fase, llamó al General Edwin “Pa” Watson, su secretario militar, le largó los papeles de Sachs y con la frase “esto requiere atención, Pa” quedó inaugurado administrativamente el Proyecto Manhattan.


De modo increíble, el primer paso fue ¡un nuevo comité! Esta vez se trataba del “comité del uranio”, ante el que desfilaron los científicos que promovían el proyecto con la excepción de Fermi, que pese a reiteradas súplicas de sus compañeros se negó en redondo a exponer su todavía maltrecho ego a otro grupo de “expertos”. Reunido el comité, Szilard planteó sus necesidades inmediatas, grafito para un reactor experimental. Por esta vez el representante de la marina guardó silencio, pero había que lidiar con el representante del ejército, el muy equilibrado Coronel Adamson, que explicó al comité que no creía en “superbombas” puesto que, hallándose en cierta ocasión junto a un depósito de municiones que voló por los aires, él ni siquiera se había caído al suelo. Cuando surgió el tema económico y Szilard solicitó una asignación de seis mil dólares Adamson volvió a la carga, explicando que se requerían dos guerras para que una nueva arma fuera de utilidad y que las guerras se ganaban con la moral de las tropas y no con las armas. Aquello resultó demasiado para Wigner (Nobel de Física 1963), uno de los científicos que acompañaban a Szilard, que sugirió al comité la oportunidad de recortar sustancialmente el presupuesto del ejército a la vista del poco valor de las armas. Debió ser un buen argumento ya que a Szilard le aprobaron sus seis mil dólares con el visto bueno de Adamson.


Las peripecias administrativas del grupo de Szilard ocuparían un artículo monográfico, resumiré diciendo que, por el momento, nadie vio un dólar y Szilard comunicó por escrito al amigo sableado que los dos mil “del ala” debería conceptuarlos como “deuda irrecuperable”. Nadie había conseguido liar en esta ocasión a Fermi, pero hasta un genio puede tropezar dos veces en la misma piedra. Cuando el “comité del uranio” se reunió de nuevo hubo quien perdió los estribos al comprobar que, en principio, ni Fermi ni Szilard estaban autorizados a participar. Lógico, explicó el presidente del comité, al no ser ciudadanos norteamericanos no podían discutir sus propios descubrimientos porque eran secretos. Desgraciadamente no consta la reacción de Fermi. Finalmente el 20 de febrero se cobraron los famosos seis mil dólares, y en noviembre de 1940 cayeron un puesto de trabajo remunerado para Szilard y cuarenta mil dólares para un reactor. Habría sido curioso comprobar la cara del coronel Adamson si hubiera llegado a enterarse del coste final del proyecto, dos mil millones de los dólares de entonces.

 

LOS TECNICOS, CONSTRUIR UNA BOMBA



El Proyecto Manhattan arrancó en serio a las 1030 del 17 de septiembre de 1942, cuando el coronel de ingenieros Leslie Groves se enteró que había sido nombrado “voluntario” para coordinarlo. Como Groves había supervisado obras más caras (v.g. el Pentágono) y por entonces el proyecto “sólo” iba por cien millones recibió un serio disgusto, que fue atemperado por la promesa de que ganaría la guerra él solo. Virtuoso “conseguidor”, el 18 de septiembre ya había comprado 1.250 Tons. de mena de uranio, el 19 veinte mil hectáreas para la planta de enriquecimiento de uranio de Oak Ridge, el 23 ascendido a general y el 26 obtenido la máxima prioridad logística conocida. Groves tenía tal obsesión por la seguridad que, insatisfecho con la clasificación “Top Secret”, se sacó de la manga la clasificación “Ultrasecret” para sus papeles. Tanta vigilancia y control irritó a los científicos que trabajaban en el laboratorio de Los Alamos, que algunas noches abrían mágicamente ultrasecretas cajas fuertes (recuérdese, eran genios) y dejaban mosqueantes anónimos entre los clasificadísimos documentos, para alarma de Groves que guardaba en su propia caja fuerte los bombones que constituían la base de su dieta.


El secreto mejor guardado del Proyecto Manhattan (el peso de Groves) nunca llegaría a descubrirse pero, pese a los desvelos del general, el brillante enlace entre la División Teórica y la de Explosivos, Klaus Fuchs, pasó a los soviéticos las especificaciones completas de la bomba. Para no ser menos David Greenglass, uno de los diseñadores, hizo lo propio a través de la red de espionaje de su famoso cuñado, el físico Julius Rosenberg. Con el tiempo, los esposos Rosenberg recibirían su propia dosis de “alta tecnología” del agradecido gobierno norteamericano y, tras un sonado proceso, acabaron en la silla eléctrica en 1953. El pasado verano, cincuentenario de la primera bomba rusa, se difundió en televisión la foto del artefacto, una inconfundible prima carnal del modelo MK III “Fat Man”, con su característico “look” de cerdo con aletas.


En Agosto de 1943 comenzó la producción “industrial” del isótopo U235 en la planta de 500 millones de dólares de Oak Ridge, pero a un ritmo tan lento que no permitiría reunir material para una sola bomba (unas 18 libras) hasta mediados de 1945. Lo bueno era que la bomba funcionaría perfectamente con el detonador de cañón previsto porque, se había verificado, en una masa supercrítica el U235 liberaría casi todos sus neutrones en menos de una milmillonésima de segundo. Lo malo que una sola bomba no parecía gran cosa para ganar la guerra. En una “tormenta de cerebros” organizada por el genial director de Los Alamos Julius Oppenheimer un físico asignado a su, llamémosle, “Ramo de Armas” apuntó que un detonador “implosivo” conseguiría la supercriticidad con menos U235 (unas 9 libras). Se trataba del peculiar Neddermeyer, que inmediatamente oyó opiniones adversas sobre su salud mental de los alucinados artilleros y el consabido “eso es imposible” de sus colegas, conscientes de las impracticables especificaciones de simetría y convergencia de la onda de choque requerida (curiosamente resultaría un problema de “megacálculo” matemático). Aunque estaba previsto que el nuevo reactor de Hanford suministrara generosas cantidades de Plutonio 239 como “eficaz” sustituto del U235, “Oppie” asignó medios a Neddermeyer y le hizo una promesa formal (“si puede hacerlo, le regalaré una botella de whisky”).


Como vía hacia la perfecta implosión Neddermeyer comenzó por intentar explosiones uniformes, con poco éxito y notable estruendo. En alguna ocasión celebró el 4 de Julio en Los Alamos haciendo estallar en el aire unos trozos de tubería de acero con resultados bastante irregulares en cuanto a uniformidad. Debió divertirse lo suyo hasta que su jefe, el circunspecto C.N. Parsons (digamos que el Jefe del Ramo de Armas de Los Alamos), expuso a Oppenheimer su valoración personal del físico (“tengo mis dudas sobre la seriedad del Dr. Neddermeyer”) y su prognosis particular sobre las experiencias (“su paso siguiente será tratar de implosionar una lata de cerveza sin derramar el líquido”). Tenía razones para quejarse, se ha escrito que, en cierta ocasión, el General Groves le echó tal chorreo por las actividades de “su” físico que el “almirantable” Parsons temió por su carrera o, peor aún, por la “carrera” de su esposa, hija de un almirante. En julio de 1944 vino lo mejor, el PU239 de Hanford tenía rastros de PU240, lo que significaba que el detonador de cañón disponible originaría, por lento, una explosión prematura (un “fizzle”, sofisticado gatillazo que a veces padecen estos juguetes). También significaba que el detonador de Neddermeyer tenía que funcionar, así que Oppenheimer ocupó al chapucero autor del concepto en “pequeños detalles” mientras el mismísimo Von Neumann descubría sobre la marcha la “lente explosiva”, IBM inventaba el ordenador para superar los infumables cálculos implicados y cuatrocientos ingenieros y diseñadores adicionales improvisaban contra reloj una tecnología inédita. La palabra “implosión” permaneció clasificada hasta 1951.


Se decidió que la bomba de U235 sería suficientemente fiable para utilizarla sin pruebas previas, pero habría que efectuar una explosión de prueba en Alamogordo con el modelo de PU239 y su historiado detonador implosivo. Cuando la bomba de plutonio (“Gadget”) comenzó a tomar forma los nervios de Oppenheimer ya amenazaban ruina. Su pasado filocomunista había generado a su alrededor un persistente nubarrón de “Superagentes-86” y, tras la guerra (era insustituible), le costaría la pérdida de su acreditación. Aunque radical y “prima-donna”, fue un injusto pago para una trayectoria leal y su salud perdida en un proyecto que iba contra sus principios. A mediados de 1945 “Oppie” sufría además el acoso de la Ley de Murphy. A primeros de Julio y para su desesperación, las semiesferas de plutonio presentaban irregularidades en las superficies de contacto que sus muchachos escoriaban chapuceramente con instrumental de dentista. La prueba debía hacerse el 16 de Julio y el 13 un manitas solventó el problema con pan de oro, momento en que la armadura implosiva comenzó a fallar (sin pegas, un recalentamiento). El 14 se montó el núcleo en la armadura y no encajó (nada, unas dilataciones), cuando se izó el arma al “Punto Cero”(una torre de 30 mts.) el aparejo descarriló y la bomba quedó bailando (previsto, había seis metros de colchones debajo), entonces sonó el teléfono y Los Alamos informó (en base a un cálculo erróneo) que la prueba de la armadura producía una onda de choque asimétrica (no hay bomba). La reacción de Oppy fue tal que para calmarlo, Kristianowsky, el experto en explosivos que le acompañaba, apostó su sueldo de un mes contra diez dólares a que la bomba funcionaría. Oppenheimer aceptó la apuesta inmediatamente.


Hubo más apuestas, ciento tres científicos de Los Alamos hicieron una famosa “porra” (a dólar) sobre la potencia final del artefacto, diseñado para 20 KT. Hubo cifras para todos los gustos desde los 45 KT de Teller hasta los 0 KT del jefe del Grupo de Entrega, “Oppie” apostó por 0,3 KT (¿“gatillazo”?). La noche de la prueba hubo cierto desasosiego y alarma en relación con la espantosa tormenta que caía, pues días antes un rayo había hecho estallar el explosivo convencional de una bomba de prácticas precisamente en la torre que ahora ocupaba el monstruo, por no hablar de algún estudio que “demostraba” el incendio de la atmósfera y su reducción a óxido nitroso por las altas temperaturas de la explosión. Cuentan las crónicas que el desdichado Groves “became annoyed” cuando, esa misma noche, pilló a Fermi cruzando apuestas con otros científicos sobre si la bomba incendiaría o no la atmósfera y si, en caso positivo, únicamente resultaría destruido Nuevo Méjico o lo sería todo el planeta.


A las 0530 del 16 de Julio de 1945, con hora y media de retraso sobre el horario previsto, la explosión de “Gadget” liberó 21 KT y no destruyó al mundo, aunque evaporó la torre, cristalizó 900 mts. de arena del desierto, hizo perder a “Oppie” 10 dólares que no llevaba encima e hizo ganar los 103 dólares de la porra a Isaac Rabi, que al apostar por 18 KT (dijo que a voleo) fue el que más se acercó a los 18,9 KT de la segunda estimación previa. La primera (10 KT) la había hecho Fermi a 30 Km. del Punto Cero, al medir el desplazamiento de unos papelitos en el aire por la onda de choque. Para mediciones más “profesionales” Fermi, un genio latino a fin de cuentas, prefería su “blastómetro-registrador de lata-de-cerveza-vacía”, infalible dispositivo que en su modalidad de “lata-de-cerveza-vacía-fijada-a-mamparo” sería utilizado con gran éxito en las pruebas de Bikini. Y hablando de “blastómetros”, la misma tormenta que “desasosegó” al personal y retrasó la prueba, convirtió en un churro la navegación de dos B-29 que, en palabras del discreto Groves, debían efectuar “certain desired observations” sobre el Punto Cero y hubieron de contentarse con ver un distante resplandor. Por ello, el informe preliminar de Groves puntualizaba que “we still have no reason to anticipate the loss of our plane in an actual operation, although we cannot guarantee safety”. Sin pegas.

 

LOS MARINOS, LLEVAR UN BULTO

 

El mismo día que estallaba “Gadget”, los componentes de la siguiente bomba (“Little Boy”) emprendieron viaje a la isla de Tinián, en las Marianas. El lote incluía la práctica totalidad del uranio enriquecido disponible por lo que Parsons, antes que mandar por vía aérea un material irreemplazable, solicitó un buque a la marina. En ausencia del inevitable “Contramaestre Casado”, en San Francisco estaba terminando de recuperarse del desaguisado sufrido en un mal encuentro con un kamikaze el crucero “Indianápolis”, buque insignia del Almirante Spruance, así que Parsons tuvo su buque. En teoría era el buque perfecto para la misión pero, por lo que se ha escrito, nadie hubiera apostado un duro por él, y menos que nadie el propio Spruance. Según radio macuto la estabilidad del pobre “Indy” era discutible y, por ello, su resistencia a inundaciones en combate objeto de cábalas. Su problema eran los tiempos modernos, que habían cubierto sus superestructuras de radares y artilugios dando la puntilla a una estabilidad que no debía ser gran cosa de origen. Para acabar de arreglar las cosas, treinta oficiales (veinte novatos) y doscientos cincuenta marineros (auténticos “pelones”) acababan de relevar al personal veterano.


En todo caso y con notable parafernalia de comitiva, escolta y escopetas de postas, se presentaron a bordo un ingeniero y un “científico” disfrazados de artilleros (con los emblemas al revés). El “científico”, en realidad un capitán médico con alguna experiencia en radioterapia, era idea de Parsons para “tranquilizar a la marina”. Traían un pesado cajón (la carcasa de la bomba), que fue trincado en el hangar de babor y, la madre de todos los secretos, un cilindro de plomo (el núcleo de uranio) que, con gran aparato de seguridad, fue soldado al suelo del camarote del mismísimo Almirante Spruance, que no montó ningún escándalo porque estaba en Guam. Inexorables Infantes de Marina tomaron posiciones y, poco después, un vigilante armado en cada esquina del cargamento daba al escenario el inquietante “look” de un velatorio. El Comandante del buque, C.N. MacVay, recibió de su colega Parsons crípticas instrucciones (“...no sabrá qué carga lleva, salvará la carga antes que al buque...”). A su vez, el “científico” confesó discretamente al Comandante su auténtica especialidad (ginecólogo) y, ya en funciones de “tranquilizador”, le aseguró que el bulto no contenía nada peligroso ni para su unidad ni para su dotación. Para contribuir a relajar al Comandante, ingeniero y “científico” se relevaban continuamente en la presidencia del “velatorio” armados con un contador Geiger, un inquietante artefacto que, en 1945, debía resultar prácticamente desconocido (por suerte).


Ya en la mar, MacVay reunió a sus oficiales y les “aclaró” dos cosas, qué estaban haciendo (“I can't tell you what the mission is, I don't know myself”) y la importancia relativa de la carga (“If we had an abandon ship, what is in the Admiral's cabin must be placed in a boat before anybody else”). Naturalmente, a bordo del “Indianápolis” radio macuto enloqueció, aunque alguien particularmente bien informado ya había “descubierto” lo que contenía el bulto, mucho dinero para sobornar a los japoneses y lograr así su rendición. No andaba mejor informado el propio Comandante, cuyo hábil interrogatorio a los “artilleros” acerca del contenido del cilindro (“no creí que fuéramos a utilizar armas bacteriológicas en esta guerra”) resultó una pifia. Mayor pifia fue su descarga a un lanchón ya fondeados en Tinián, el primer cable se quedó corto y los “operadores” dieron inquietantes paseos al envío, jaleados por un nutrido y poco caritativo público y a la vista de importantes “barandas” atraídos por tanto secreto. Cincuenta años después el “doc” del “Indianápolis”, Capitán Haynes, aún recordaba (en su “Revista de Marina”) ver a dos “peces gordos” de la Fuerza Aérea manejando el material como simples estibadores.


Pero la peor pifia ocurriría camino de las Filipinas tres días más tarde, cuando ya anochecido y con mala visibilidad el C.N. MacVay ordenó suspender el zigzag. A medianoche, con mejor visibilidad y a la luz de la luna, el submarino japonés I-58 le colocó dos torpedos y el “Indianápolis” se hundió en doce minutos. Con 881 muertos fue la peor catástrofe en la mar de la Armada norteamericana. En diciembre de 1945 el CN MacVay perdió cien puestos en su escalafón tras un consejo de guerra en el que, muy probablemente, hizo de cabeza de turco para importantes pifias ajenas que sería largo relatar aquí. El Comandante del I-58 hubo de declarar como testigo y, aunque por entonces el CC Hashimoto ya había perdido todos los puestos de su escalafón, el empleo y la guerra, hizo un conmovedor esfuerzo por ayudar a MacVay, un colega en apuros. Después de navegar unos años como marino mercante, Hashimoto acabaría siendo sacerdote sintoísta en Tokio, MacVay fue rehabilitado en 1946, se retiró con el empleo de Contralmirante en 1949 y se suicidó en 1968. Emociona comprobar que, todavía hoy, supervivientes de su dotación piden ayuda en Internet para limpiar su nombre por completo.



LOS AVIADORES, DAR EN EL BLANCO

 

En junio de 1944 los japoneses tenían medio terminado en Tinián un aeropuerto, así que a diferencia de otras islas llegaron los americanos y, tras ofrecerse a terminar las obras, comenzaron a usarlo para bombardear Japón. Con las prisas del desahucio, en junio de 1945 aún vagaban por la selva 500 japoneses, inasequibles al desaliento y alimentados en buena parte con las basuras de 200.000 americanos. En uno de sus “raids” al vertedero del aeropuerto, el sargento nipón Kizo Imai (infante de marina) observó un nuevo complejo especialmente vallado y se temió lo peor, un campo de prisioneros para un inminente “peinado” de la isla. Sus prismáticos, un rótulo y su inglés le tranquilizaron, sólo era “Zona prohibida - Grupo Mixto 509 - Se precisa pase especial a todas horas”. Imai no tenía pase especial pero, a la hora del cine, en la cocina se robaban pollos sin pase y, total, no podía pedir un bombardeo porque su radio, tras prometerle refuerzos un año atrás, se había averiado.


El Grupo Mixto 509, tan impúdicamente expuesto al enemigo, era el ultrasecreto destinatario de “Little Boy” encargado de lanzarla sobre Japón con sus B-29 especialmente modificados. Su jefe, el coronel Tibbets, tenía sus propios problemas. Para empezar estaban las “seguridades” recibidas de Los Alamos sobre un amerizaje (explosión nuclear si entra agua en la bomba), un “estrellizaje” (explosión nuclear si estalla el explosivo convencional) o un lanzamiento “normal” (no está garantizada la supervivencia del avión). Luego estaba la “acción enemiga”, una diarrea diezmó en julio al elitista Grupo de Tibbets y se diagnosticó sobredosis de jabón. Seguridad pudo comprobar que, de algún modo, los japoneses habían accedido a la cocina y, con característica crueldad oriental, vertido jabón en la comida de las perolas. Finalmente, estaban los materiales de saldo. El 19 de abril el detonador altimétrico de una bomba de prueba, que debía funcionar a 1.800 mts, mosqueó al personal haciéndolo a 9.500, justo bajo el avión. El 5 de agosto, víspera del bombardeo de Hiroshima, se hizo una última comprobación del mecanismo modificado. La bomba se soltó del avión y el cable de enganche activó el temporizador que activaba el altímetro barométrico que activaba el radioaltímetro que activaba la bomba. Complicado, pero mucho más seguro para el avión. Y para el enemigo. Debía producirse una nube de humo a 500 mts de altura pero la única nube que se produjo fue de espuma, al hundirse el artefacto en el Pacífico.


El 6 de Agosto Tibbets pasó a la historia pilotando un aparato que no era suyo y al que había bautizado el día anterior con el nombre de su madre (“Enola Gay”) sin consultar a su “dueño”, el capitán Lewis, que pasó al asiento de la derecha doblemente cabreado. En previsión de que un “mal despegue” vaporizara el aeropuerto, se pidió a los insustituibles ensambladores de la bomba que pusieran tierra de por medio. Los primeros B-29 tenían un horrendo historial de motores sobrecargados, de una muestra de setenta y ocho perdidos en misiones de combate entre noviembre de 1944 y marzo de 1945, cincuenta y tres habían caído sin ayuda del enemigo. Animado sin duda por estos antecedentes, el C.N. Parsons, que volaría en el “Enola” como “especialista”, decidió no montar el explosivo convencional del detonador hasta después del despegue sin hacer excesivas preguntas por el momento para evitar entrar de guardia, pues sabía que a Groves no le agradaba el procedimiento. Se había dispuesto que la prensa inmortalizara la partida y la tripulación de tierra revisó el avión en busca de “objetos no autorizados”. Seis paquetes de preservativos y tres bragas de seda quedaron en tierra, pero había más “porquerías”. En la revisión pre-vuelo, el exigente mecánico Duzembury vio que alguien se había dejado unos trastos bajo la bomba y, al apartarlos de un cabreado puntapié, los explosivos desmontados por el prudente Parsons efectuaron el primer vuelo de la mañana. Por entonces el show mediático estaba ya en su apogeo y, mientras la dotación del “Enola” posaba resignadamente, Parsons daba la nota opinando en voz alta sobre aquel carnaval. Un fotógrafo que ignoraba quién era le empujó hasta el tren de aterrizaje, espetándole un “vas a ser famoso, así que sonríe”. El futuro Vicealmirante Parsons dió su opinión sobre la fama y aclaró que, ni por asomo, pensaba sonreír.


Hacía muy bien. Seis horas más tarde “Little Boy” estallaba sobre Hiroshima causando una espantosa matanza entre sus habitantes, no mayor que las de Dresde o Tokyo, ni más espantosa que la del “Indianápolis”, pero es estéril poner cifras al horror. Aunque se entregó a la dotación material para registrar en caliente lo que veían, la historia ha inmortalizado la “frase oficial” del copiloto ante el hongo (“¡Dios mío!, ¿qué hemos hecho?”) y no el prosaico “¡Dios...mira cómo sube ese hijo de perra!” que le oyeron exclamar. Yo habría elegido la frase del teniente Beser, el hombre de las contramedidas (“es sumamente terrorífico, ¡qué alivio que haya funcionado!”). Al menos es tan auténtica como su creador, que se había pasado casi todo el vuelo durmiendo a pierna suelta. “Little Boy” estalló a la altura correcta (unos 600 mts) y a 244 mts del blanco, intrascendentes, ya que liberó 13,5 KT, más del doble de lo previsto. Pero el premio del día fue para el paisanaje del Arsenal de Kokura, objetivo secundario del “Enola” y agraciados con el derecho a ver otros amaneceres.


La siguiente bomba (“Fat Man”) era de plutonio y su complejo detonador no se podía montar en vuelo, por lo que Parsons tuvo que certificar (por escrito) al mando local la seguridad del artefacto ante un “mal despegue”. Ya que él también estaría en el aeropuerto, firmó sin mayores problemas. El 8 de Agosto “Fat Man” despegó de Tinián a bordo del bombardero “Bock’s Car”. Siguiendo la costumbre, el piloto “de cargo” (capitán Bock) había sido eyectado del asiento izquierdo por un superior y la “niñera” del chisme era otro marino, el C.F. Ashworth. El objetivo primario era un Arsenal de Kokura al que parecía habérsele acabado la suerte pero, ya en posición y con las compuertas abiertas, una providencial humareda lo ocultó. Tres pasadas y cuarenta y cinco minutos después se “reasignó” la bomba al objetivo secundario, Nagasaki. Quedaba combustible para una sola pasada y estaba nublado así que, contra lo ordenado, se hizo una aproximación radar. Cuando navegante y radarista estaban a punto de culminar la faena por su cuenta, el bombardero gritó que veía la ciudad, el radarista le pasó el control, se hizo un lanzamiento visual y, en una de las más afortunadas y menos conocidas pifias de la historia, “Fat Man” falló el blanco por 3 Km. Se ha calculado que decenas de miles de japoneses salvaron la vida, pero mayor fue la chamba del Arsenal de Kokura, incólume objetivo de las dos únicas misiones de bombardeo atómico real de la historia. “Bock’s Car” tomó en el aeropuerto alternativo (Okinawa) tan seco que, se ha escrito, ni pudo rodar por la pista.

 

LAS CONCLUSIONES, DEJAR LAS COSAS CLARAS

 

Este artículo no pretende ser ni de lejos una historia del Proyecto Manhattan, es simplemente lo indicado en su preámbulo, una sucesión de anécdotas demostrativas de que, a la hora de hacer chapuzas, todos los hombres somos hermanos y en todas partes cuecen habas. Tampoco pretende sugerir que el Proyecto Manhattan fuera un trabajo de aficionados, es cosa sabida que constituyó la mejor orquesta de cerebros de que se tenga conocimiento. Desgraciadamente, el que tamaña empresa tuviera como efecto inmediato convertir en plasma a buena parte del vecindario de Hiroshima es un baldón en el “debe” de toda la humanidad, y digo “toda” porque, a poco rigor y honestidad que utilicemos, llegaremos a una conclusión de perogrullo: la razón por la que fueron precisamente los norteamericanos quienes usaron la bomba fue que eran precisamente los norteamericanos quienes la tenían. Y además estaban muy enfadados, la primera bomba había caído del cielo inopinadamente sobre sus cabezas una tranquila mañana de domingo y en pleno izado de bandera.


Pero no entremos en polémicas innecesarias, en los años posteriores a Hiroshima, quien no ha tenido su propia bomba ha sido con frecuencia porque no ha podido y, hasta el día de hoy, la paz mundial no ha sido garantizada por nuestra repugnancia a evaporar al vecino, sino por la posibilidad de pasar a estado gaseoso a continuación. Transcurridos unos cuantos milenios de civilización desde el descubrimiento de la primera “herramienta” (sin duda una estaca), el resultado final de tanto conocimiento, dinero y esfuerzo ha sido un garrote de alta tecnología. Hay cosas que nunca cambian y, en un planeta tan peligroso, no parece estar de más invertir un juicioso porcentaje del presupuesto en cascos, chichoneras y..., pero... ¿qué estoy diciendo? ¡es una conclusión colateral y típicamente chapucera!

 

BIBLIOGRAFIA Y FUENTES

 

Hasta para un autor “serio” debe resultar difícil escribir algo original sobre el Proyecto Manhattan, ya que sus principales protagonistas hace tiempo que no conceden entrevistas y casi toda la información disponible procede de una cantidad finita de documentos desclasificados. Se da por supuesto que un trabajo como el que antecede es recopilativo, pero hay que dar a cada uno lo suyo y a eso voy. Las dos terceras partes de este artículo están basadas en bibliografía, y su primera mitad se basa casi exclusivamente en el trabajo de Peter Wyden (Day One, ed. esp. Martinez Roca, Barcelona), a quien corresponde el mérito de haber preservado algunas desternillantes aventuras para deleite de nuestros relevos. En menor medida, y por este orden, he utilizado los trabajos de G. Thomas y M. M. Witts (Enola Gay, ed. esp. Plaza&Janés, Barcelona), Carl Berger (B-29, ed. esp. Editorial San Martín, Madrid) y J. M. Weisgall (Operation Crossroads, Naval Institute Press, Annapolis) entre otros más, sin olvidar la insustituible Encyclopedia Britannica, de la que proceden algunos datos biográficos.


El tercio restante procede del pozo sin fondo de Internet, en esencia del apabullante material de la Federación de Científicos Americanos y del archivo histórico de la U.S. Navy. A través de Internet también he podido conseguir la totalidad de las fotografías que se acompañan y algunos documentos de primera mano, como el informe previo de Groves acerca de la prueba “Gadget” o algún protocolo de radiometría. Dejo este material a disposición de cualquier compañero al que pudiera servir para “llegar a la cumbre” con un trabajo más serio que el mío. Finalmente, no haré morir de risa a mis colegas jurando solemnemente no haber accedido al contenido de este trabajo por razón de empleo o cargo.

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